Carta abierta a don Felipe Berríos
Estimado don Felipe: En primer lugar me excuso por tratarlo de usted. Sé que son pocos los que no lo tutean pero desde la cuna se me ha enseñado que, sea quien sea, diga lo que diga y haga lo que haga, una autoridad civil, militar o moral siempre debe ser tratada con respeto. Entiendo que, aunque la autoridad de muchos no lo merezca, la potestad de los cargos exige un trato especial. Le escribo esta carta mientras usted, al igual que la selección nacional de fútbol, está volando rumbo a un continente fascinante, con una historia repleta de errores y horrores pero a la vez lleno de desafíos y potencialidades. El día de ayer se publicaron sendas entrevistas a usted. Con ellas me atrevo a decir que descuella una presencia activa en los medios de comunicación que ha ofendido en reiteradas ocasiones a un grupo no poco importante de miembros de la Iglesia Católica. Pero no hablaré por ellos. Lo haré por mí. No deja de dolerme que un sacerdote con un envidiable e histórico empeño por darle un techo a miles de familias chilenas sea a la vez el francotirador que ha permeado poco a poco a la juventud nacional con ideas y conceptos absolutamente alejados al Magisterio de la Iglesia de la que usted es pastor. Usted ha sido el encargado en la prensa de demostrarle al mundo que en Chile hay dos Iglesias y eso siembra duda, confusión y enojo, de lo que nada bueno podrán cosechar las generaciones futuras. En primer lugar y para comenzar, es una injusticia que usted, por ejemplo, incrimine a los jóvenes que hemos sido educados de un determinado modo en un determinado sector de la capital chilena. Sus reiteradas referencia en columnas y charlas públicas a los jóvenes de la cota mil chocan brutalmente con la imagen de centenares de estudiantes escolares y universitarios que deciden destinar sus vacaciones a volcar su fuerza física e intelectual en alguna zona del país que la necesite. Muchos de esos jóvenes han trabajado, trabajan y posiblemente trabajarán, precisamente, en Un Techo para Chile. De verdad le digo que pese a caer yo en esa caricatura de “cotamilero” no dejo de recordar con orgullo las 12 vacaciones de verano e 11 de invierno que he dedicado a construir espiritual y materialmente localidades del norte y el sur chilenos. En algún momento su defensa fue que su argumento se sostenía en la idea de una amplia proporción de desmotivados jóvenes y una minoría que, objetivamente, sí participaba en acciones sociales. Bajo ese prisma tan injusto usted puede ser catalogado hoy como alguien que va sencillamente a África a ver el Mundial. Total, la inmensa mayoría de chilenos que en estos días cruzan a ese continente tienen ese objetivo. Absurdo, ¿no? Por otro lado y en segundo término ha sido poco templado al atacar públicamente a políticos, empresarios y miembros de la sociedad que, en gran medida, sólo han cometido el error de actuar fuera de la “órbita Berríos”. Muchos empresarios, efectivamente, puede que den “poco” para construir soluciones habitacionales temporales. Sin embargo nunca lo vi a usted reflexionar sobre la posibilidad de que un empresario apueste por solucionar de mejor modo y de forma directa la situación habitacional, educacional y familiar de sus empleados. Yo lo he visto y he sido testigo de innumerables ejemplos. Sin aspavientos, sin parafernalias, sin spots televisivos y radiales. Temerario ha sido, en tercer lugar, su juicio desde los medios de comunicación a los jóvenes que quieren vivir su sexualidad en orden a lo que sugiere la Iglesia Católica. Usted le ha hecho un flaco favor a los miles de chilenos que, por ejemplo, han procurado llegar vírgenes al matrimonio, una idea que muchos – incluso Hollywood – caricaturizan de los más diversos modos. Padre Berríos, usted ha escupido tinta y ha hecho mofa sobre el regalo que yo, como tantos, procuré, con las dificultades propias de un joven, reservarle a la que hoy es mi esposa. Con el vínculo matrimonial y de lo que él se desprende, en tanto, usted ha sido de los que han jugado tanto con su naturaleza que han terminado por traicionarla con el beso dulce de su buena pluma para entregarla al absoluto arbitrio de minorías y de administradores de falsas libertades que ocupan estos días diversas posiciones políticas. Me parece, en cuarto lugar, una imprudencia de proporciones mayores que un pastor de la Iglesia ataque a sus pares por asuntos aparentemente tan cosméticos como puede parecerle a usted el modo de vestir. He leído y escuchado sus comentarios burlescos respecto a sus hermanos en el sacerdocio que se visten como… sacerdotes. Lo anterior sería de poca monta si no sumara a esos comentarios despectivos diversos juicios con nombre y apellido a hermanos sacerdotes y obispos. En sus últimas entrevistas, por ejemplo, comenta la sucesión del cardenal Errázuriz con la liviandad de quien hace un pronóstico sobre quién puede ganar el Mundial de Fútbol, cuando precisamente la sucesión en el Arzobispado de Santiago corresponde al Sumo Pontífice. Respecto al Obispo de Roma en reiteradas ocasiones usted ha escrito y dicho en público sus diferencias con Juan Pablo II con la soltura con la que un madridista opina sobre el desempeño del despedido Pellegrini. Entiendo que el cuarto voto que usted tiene como jesuita es el de obediencia al Papa, obediencia a la que usted se ha rebelado numerosas veces pues la entiende malamente como un acatamiento refunfuñado a los hechos consumados. Fíjese que le he llamado injusto, destemplado, temerario e imprudente y no es fácil, para un católico, decirle estas cosas a un sacerdote a quien le debe respeto y, más aún, siendo yo un miserable que pelea como tantos por alcanzar las Virtudes Cardinales que yo le achaco haber burlado. Padre Felipe, le escribo esta carta sabiendo que, publíquese donde se publique, me significará la crítica de muchos hombres y mujeres que ven en usted a un relevante actor social. Acepto todas esas críticas pues, antes que nada, más que un relevante actor social usted, como todos, debe aspirar a ser santo, cada uno en el lugar que le corresponde. Así lo hizo san Alberto Hurtado, que su acción social se sostuvo siempre en su veta más desconocida (o que mejor se ha sabido ocultar): la oración y la lucha permanente por la santidad. En los momentos que vive la Iglesia, de tanta traición sucia y urgencia de sacar las manzanas podridas del cajón, lo que menos se necesita es un sacerdote de intachable actividad social que genere polémicas mediáticas que indudablemente no llevarán a buen puerto. Me despido deseándole, de verdad, toda la suerte en África

