Sobre las listas y sus efectos
Oct. 03 , 2008
Para muchos, la decisión del PPD-PRSD de inscribir dos listas a concejales de la Concertación resulta ser una gran apuesta: algo parecido al cara y sello o a la ruleta rusa, en este último caso como variante lúdico-suicida de la innovación electoral. Pero como suele suceder con decisiones de gran envergadura, también subyacen en ellas racionalidades, en este caso la lógica del cálculo electoral. ¿Será verdad que la Concertación obtendrá más votos compitiendo en dos listas que en una sola? ¿Será suficiente parta contener la probable disminución del número de concejales electos por la Concertación la conquista de municipios “emblemáticos”? ¿Será tan cierto que la candidatura única de alcalde será suficiente para unificar dos listas rivales de concejales? ¿Tiene algún asidero la tesis pepedeista según la cual existiría una cierta franja de votantes “sueltos” y carentes de lealtades, frente a la tesis rival que insiste en el carácter congelado y predecible de un electorado envejecido que deja escaso margen para un comportamiento “independiente” de los votantes?
Es posible que frente a estas preguntas, los resultados finales de la elección municipal terminen dándole la razón al cálculo electoral del PPD-PRSD. Pero una cosa es la lógica numérica del cálculo, y otra muy distinta es la racionalidad de la política que hace hincapié en la calidad de las relaciones entre fuerzas aliadas. De más está decir que este último aspecto fue completamente pasado por alto por el diseño de competencia entre dos listas, lo que traerá consecuencias no deseadas y de largo plazo.
Dos de estas consecuencias merecen ser destacadas. La primera se refiere al definitivo término del partido único de la Concertación, una idea que ya era difícil de imaginar antes del episodio de las dos listas, y que hoy se parece cada vez más a una utopía. En tiempos de convulsiones internas al interior de los partidos de la Concertación y entre los mismos, la constitución de una sola fuerza en clave de federación de partidos respondía a una racionalidad: reconstituir el vínculo de la coalición a través de un nuevo diseño institucional. Pero también suponía la preservación de un mínimo de calidad de las relaciones entre aliados, lo que fue precisamente sacrificado por la racionalidad estrictamente electoral.
Pero existe una segunda consecuencia: la definitiva imposibilidad de converger en una sola fuerza de izquierda laica por parte del PS y el PPD, una meta de largo plazo que ha sido siempre acariciada por quienes sostienen que dos partidos del 11% cada uno no bastan para incidir decisivamente en políticas de cambio social avanzado. El resultado es la consolidación de un eje entre los dos partidos que dieron origen a la Concertación, el PS y el PDC, ambos dotados de identidad y de culturas relativamente fuertes aun arraigadas en la sociedad chilena, frente al mosaico de intereses de un catch-all party (el PPD) que aspira a capturar un electorado amplio y heterogéneo, barriendo al mismo tiempo con el aliado radical.
Si se trataba de optar entre la tesis de una Concertación electoralmente declinante con un PDC en riesgo de descenso, y aquella otra tesis de una Concertación que eleva su votación por la vía de dos listas asumiendo como inevitable la baja electoral del PDC, personalmente hubiese optado por la primera: más vale correr el riesgo de declinar electoralmente como coalición pero preservando el vínculo futuro de los partidos aliados, que socavar las relaciones de los partidos en nombre del realismo electoral.



