La otra vida
Dec. 29 , 2008
Juanita y Antonio llegaban muy temprano al set de filmaciòn y esperaban su turno en el pasillo. Mientras ella se instalaba unas raídas pestañas postizas y él armaba su jopo con restos de gomina, se preparaban para resistir las 22 escenas que debían filmar cada día. A fines de los años Veinte, cuando recién comenzaba el cine sonoro, habían sido contratados para interpretar, en español, las mismas películas que las estrellas hollywoodenses hacían en inglés.

El cine mudo podía ser comprendido universalmente, pero cuando comenzó el sonoro surgió la barrera del idioma y las producciones norteamericanas vieron restringida su difusión en los países de habla hispana.
Se decidió entonces filmar dos veces cada película: primero hacían la versión oficial con las estrellas titulares y enseguida, con la misma escenografía aún calientita, realizaban una versión pobre con actores latinos pobres.
Juanita y Antonio estaban dichosos con ese trabajo, y en más de una ocasión conversaron sobre la posibilidad de tener hijos y formar una familia como Dios manda. Soñaban también con que, algún día, quizá llegarían a ver su fotografía en una revista glamorosa de Hollywood.
Sin embargo, las cosas no eran fáciles para ellos. Cuando entraban al set, después que habían salido las estrellas, el asistente encargado del rodaje ya estaba de mal humor y al camarógrafo el asunto le importaba poco o nada: entre trabajar para Greta Garbo y Melvyn Douglas o para Juanita y Antonio había una gran diferencia.
Mientras la Garbo aparecía en todas las portadas de las revistas, a la Juanita y el Antonio cada mañana el portero les pedía el pasaporte a la entrada de los estudios. La pareja trabajaba mucho y llegaban agotados a la pieza en que vivían para echarse un rato a dormir. A pesar de todo, ellos pensaban que estaban pasando por el mejor momento de sus vidas.
Pero llegó el día en que los ejecutivos decidieron que era mejor doblar o subtitular las voces originales, y así el público hispano parlante volvería a ver y escuchar a las auténticas y rutilantes estrellas, olvidándose de los Antonios y las Juantitas.

Una mañana el portero nos los dejó entrar y les comunicó que habían sido despedidos, que ya no los necesitaban, que las cosas ahora eran distintas.
En plena calle, Juanita y Antonio se quedaron mirando en silencio, desolados, pensando en los hijos con que habían soñado e intuyendo que jamás lograrían cumplir el sueño de ver su fotografía en alguna revista.
En su nueva vida, que en realidad era la misma de antes, la de siempre, ya casi no se veían, porque ella tuvo que volver a trabajar de noche en algún bar de mala muerte, mientras él desde temprano en la mañana limpiaba los baños del maloliente tugurio de la esquina.




Señor Gongora, en su columna hay mucha Juanita y Antonio...pero qué...? Me imagino que usted debe ser de la garra blanca...por lo reiterativo. En fin, lo perdono por ser un buen tipo, espero que escriba algo más entretenido en su columna. Creo que es un hombre fascinante...leno de historias. mamma mía.
Posted by ursula marticorena on December 29, 2008 at 02:12 PM CLST #
Posted by Laua on December 29, 2008 at 05:38 PM CLST #
Posted by GMC on December 30, 2008 at 03:23 AM CLST #
Ahora recuerdo que vi a Juanita por ahí, con una peluca rosada.
Posted by Leonardo on December 30, 2008 at 10:25 AM CLST #