Augusto Góngora

Góngora en Fragmentos

 

De Orlok (pasando por Drácula) a Vrolok

Nov. 04 , 2009

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Relatan las crónicas que cuando Friedrich W. Murnau realizó en 1922 “Nosferatu el vampiro”, la primera adaptación de la novela de Bram Stoker , disfrazó el nombre de los personajes y el Conde pasó a llamarse Orlok.


El motivo fue muy vampiro: el director no quería pagar los derechos de autor. Pero la viuda de Stoker, la señora Florence,  no aceptó la mordida y entabló demanda contra la productora. Ganó y se ordenó la destrucción del negativo y de todas las copias de la película. Pero, gracias ¿a Dios o al vampiro? la distribución ya había comenzado en todo el mundo y se salvaron varias copias. Menos mal.


Después vino Drácula, para mal, cómo no, y para bien, lo que viene a ser más raro. Mal porque ha habido versiones mediocres y vulgares; bien por las de Murnau, Fisher, Herzog y Coppola, entre otras.


Una de las más interesantes es la que realiza Terence Fisher en 1958 con el intérprete histórico del personaje, Christopher Lee, alejado del vampiro ceremonial y empaquetado que hizo Bela Lugosi en el Drácula de Tod Browning en 1931.



Terence Fisher, en 1958, opta por un vampiro muy sexual  y Lee construye un personaje animal, sangriento y movido por turbios deseos, lejos de toda abstracción existencial o moral. Además el director instala lo monstruoso en medio de lo supuestamente civilizado. Según algunas interpretaciones, esto es el reflejo de una sociedad que se mira y descubre demonios que no vienen de lejos sino que están instalados en la vida cotidiana.


Sin  duda el tema de Drácula pulsa una tecla que atrae moviéndose entre el deseo, el miedo y la muerte. Y el centro ritual está en la mordida del vampiro, una potente metáfora del acto sexual que se aproxima a ese misterioso territorio en que el dolor se encuentra con el placer, penetrando así en las turbulencias emocionales de distintas épocas y sociedades.


Y ahora llegó Vrolok, con mordidas que desatan fuertes pasiones, ¿qué conducen a la “petite mort” expresión con que los franceses se refieren al orgasmo sexual femenino? Ya veremos cuales son las pasiones chilenas ocultas que están a punto de aflorar.

En Hora 25 (jueves a la medianoche, como tiene que ser) junto a Diana Massis conversaremos con Francisca Imboden, una monjita que se llama Victoria (¿cuál será su victoria, me pregunto?), con Sebastián Layseca, Tadeo, el cochero de Vrolok que seguramente conoce sus secretos y con un personaje muy potente interpretado por Marcelo Alonso: un general que se llama Juan de Dios Verdugo (¿será el verdugo de Dios?). Hay que mirar.

Batallas de estatuas y poderes

Oct. 20 , 2009

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Ernst Gombrich en “La historia del arte” relata que en el 480 a. C. los persas invaden Atenas y destruyen edificios, templos y estatuas. Años después Pericles vuelve a construirlas.


Recuerda el historiador que casi todas las estatuas famosas del mundo antiguo fueron destruidas porque “luego del triunfo de la cristiandad, se consideró deber piadoso romper toda estatua de los dioses odiados”, es decir, las de los griegos.


Esto, según la especialista en Mitología, Edith Hamilton, se debía a que “los griegos crearon a los dioses a su imagen y semejanza, algo que nunca antes había concebido la mente humana.”


Gubern, en “Del bisonte a la realidad virtual”, señala que “la hedonista cultura grecolatina se situó en las antípodas del rigorismo icónico hebreo, con su (…) culto al cuerpo humano en brillantes exaltaciones figurativas.”


El origen de la deslegitimación moral  de la imagen se halla en el Antiguo Testamento, Éxodo 20, 4, que prohíbe la producción de imágenes. Este tabú venía impuesto,  dice Gubern, por el monoteísmo del pueblo judío, “opuesto frontalmente a la idolatría pagana, y para preservar la creencia en un  dios superior e invisible e impedir su contaminación por parte de las culturas idolátricas…”


La batalla teológica tuvo muchos frentes y fue larga. Recién en el Segundo Concilio de Nicea, en el año 787, se restableció, con algunas restricciones, la legitimación de las imágenes: estas debían ser austeras, y sobrias, lo que marcaría un período del arte religioso, para limitarse a cumplir un humilde rol  de intermediarias porque la veneración no debía ser hacia la imagen sino trasladarse al original.


En el terreno del poder y de las disputas simbólicas ocurre lo mismo que con la historia: la escriben los vencedores. Con las estatuas pasa lo mismo, unas caen estrepitosamente  cuando cambia el eje del poder y otras se levantan, lo que siempre es más complejo que destruirlas.


Llegar a instalar la estatua del Presidente Salvador Allende en la Plaza de la Constitución vino de un convencimiento profundo  de que Allende la merecía y seguramente pasó por un complejo proceso de negociaciones, como siempre ocurre en democracia porque en las dictaduras basta que el tirano de turno lo desee para que su estatua se instale.


En el caso de la polémica por la estatua de Juan Pablo II en la Plaza José Domingo Gómez Rojas se mezclan asuntos urbanísticos, religiosos, simbólicos, etc. A mi lo que más me importa es que no se cambie el nombre de la plaza: Gómez Rojas, poeta,  es el primer mártir universitario que fue sometido a torturas, enviado a la Penitenciaría y luego a la casa de orates, donde el 29 de septiembre de 1920, sumido en la desesperación, se suicida. Lo que más me importa de todo esto es que no se olvide.


El poder se funda no sólo en la fuerza sino que también requiere de un discurso simbólico que construya, desde cierto punto de vista, el imaginario de cada sociedad. Por eso en 2003,  el ejército estadounidense derribó, con gran despliegue mediático, una de las mil estatuas de Sadam Hussein en Irak. El 2004 manifestantes de la ciudad de Caracas derribaron, y secuestraron por algunas horas, una estatua de Cristóbal Colón que había sido inaugurada en 1904. Y por estos días Egipto exige a Alemania la devolución del busto de Nefertiti, que tiene 3.300 años de antigüedad, el que habría sido sacado ilegalmente del país. Los acontecimientos históricos levantan o derriban estatuas y no faltan los coleccionistas, o países, que se las roban.


Pigmalión se fue en otra porque no se robó nada y optó por realizar la estatua de una joven tan perfecta que terminó enamorándose de ella.  Según relata Ovidio, “… se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente…”

La TV digital y las historias que nunca te quisieron contar

Oct. 04 , 2009

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Contemplar por primera vez la pantalla de cine era un rito de iniciación y un momento sagrado. A través de ella comenzabas a enterarte de las historias del mundo real, esas que tus padres no te contaban precisamente por ser historias del mundo real, pero que el cine te las narraba en una pantalla gigante y, por si fuera poco, en medio de una sugerente oscuridad.


A causa de esto en alguna época, en Estados Unidos, además de múltiples formas de censura, no faltó quien propusiera que las funciones de cine se realizaran con la luz prendida porque, decían, la oscuridad incita al pecado y en Chile, una cierta “Liga de la decencia”, llegó a declarar:  “¡Cine, de cualquier especie, maldito seas!”.



Pero todo cambió y aquello exquisitamente sagrado y a la vez pecaminoso que tenía el cine se fue diluyendo, primero con el mastique desaforado en las salas y ahora con la posibilidad, que no está mal, de andar con la pantalla en el bolsillo. El resultado es que las historias que nunca te quisieron contar ahora las puedes ver en todos los sitios imaginables, no los voy a enumerar, y durante cualquier actividad, las que tampoco mencionaré para no inmiscuirme en asuntos íntimos y privados.


“¿Qué efectos tiene esta proliferación de pantallas en nuestra relación con el mundo y los demás?, se preguntan Lipovetsky y Serroy en “La pantalla global”. Y siguen: “¿qué clase de vida cultural y democrática anuncia el triunfo de las imágenes digitalizadas? ¿Qué porvenir aguarda al pensamiento y a la expresión artística?”


No es el primer punto de inflexión, ni mucho menos. Debray, en “Vida y  muerte de la imagen” cita diversos momentos: desde los dibujos de color ejecutados en huesos en la sepulturas del Auriñaciense, 30.000 años a.C., pasando por el arte paleolítico y su función mágica 15.000 años a.C., y llegando a la primera imagen industrial en 1839, y luego el cine, la TV analógica y el consumo familiar hasta llegar a la digitalización de las imágenes y el consumo individual.


Pero los cambios no son sólo tecnológicos. Así como la sala de cine a oscuras y con pantalla gigante de alguna manera interrumpe la realidad y nos “aparta” del mundo, el consumo televisivo nos hace estar distraídamente tanto frente a la pantalla como en la realidad, es decir, en ninguna de las dos partes. Lo que a su vez tiene consecuencias porque que ver no es mirar. Una cosa es advertir una imagen y otra muy distinta es la capacidad de leerla integrando un contenido o una emoción.


Además, el vendaval de imágenes, y la glotonería visual correspondiente, genera un flujo de señales efímeras, triviales, olvidables. Entonces, ahora que te van a narrar todas las historias que no te quisieron contar quizá tu ojo ya está saturado, exhausto, ya no cree en las imágenes que ve y se ha convertido en un ojo agnóstico.

"Dawson: Isla 10"

Sep. 17 , 2009

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Entro al cine a ver la película de Miguel Littin y me encuentro con una serie de sinopsis que comienza con “Avatar”, relato que promete revolucionar el 3D con una historia fantástica que habita ese nuevo territorio que está entre el cine y los videojuegos. Luego sigue con la presentación de “All inclusive”, del chileno Rodrigo Ortúzar,  y después viene “Super”, una comedia nacional con 41 personajes que transcurre íntegramente en un supermercado. La serie continúa con una de ciencia ficción que se llama “Sector 9”, una especie de reserva para extraterrestres en Sudáfrica,  y finalmente vemos un adelanto de “El silencio de Lorna” de los hermanos Dardenne que son los regalones del Festival de Cannes y ganan premios cada vez que se presentan.


Así están las cosas, la vida no es fácil, el cine tampoco, el que pestañea pierde, los poderosos de la industria del cine se mueven rápido y pisan fuerte, también hay muchos talentos emergentes, la competencia es intensa, el público es infiel y muchas veces dice si te he visto no me acuerdo y vamos a la próxima.


Hay muchas maneras de mirar una película, con “Dawson: Isla 10” me fui enganchando con algunos aspectos y fragmentos de la historia. La fotografía de Ioan Littin es sobrecogedora, tiene la textura y los colores inciertos de almas tristes, esas que ya no pueden pensar en el futuro y tampoco en un pasado que repentinamente desapareció mientras el presente se limita al duro intento de sobrevivir. Una fotografía que tiene que ver más con las emociones que con el paisaje áspero donde transcurre la historia.


También es notable el trabajo de Ioan con la cámara, la que a ratos se agita, se va encima de los personajes y los escudriña como si fuera una amenaza que los acecha. En otros momentos, en cambio,  la cámara se transforma en otro ser, uno que parece tener piedad y juega a desaparecer, a no existir, a observar con distancia y una sutil discreción a los personajes y sus circunstancias.


En la dirección, Miguel Littin no construye una estructura narrativa precisa y opta por una progresión dramática basada en una tenue acumulación de emociones a partir de la narración de diversos fragmentos. Es una apuesta riesgosa porque los que no vivieron en esa época pueden tener dificultades para comprometerse emocionalmente, pero Littin nunca abandona su opción y logra una coherencia que es fruto de su oficio y madurez.


Una mención especial merece el magnífico trabajo del actor Luis Dubó interpretando a ese soldado rudo que al mismo tiempo, desde su ignorancia, es capaz de percibir que algo anda muy mal en Dawson y reaccionar con humanidad.


Y, cómo no, se agradece que Sergio Bitar haya escrito el libro en que se basa la película y que haya tenido el coraje para publicarlo en 1987, cuando ser oposición y denunciar los atropellos no era precisamente un juego amable.

Los replicantes

Sep. 02 , 2009

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Frankenstein la lleva: en Buenos Aires el musical, en México la ópera rock, Guillermo del Toro va a hacer la película en 2010, el engendro está de moda, Hans Larsson, un paleontólogo canadiense, quiere crear dinosaurios mediante la manipulación genética de embriones de pollos, me da miedo seguir leyendo (¿para qué queremos más dinosaurios?), y entonces arranco para el cine.



En 1931 James Whale realizó “Frankenstein”, con Boris Karloff encarnando al monstruo que se convertiría en un ícono del cine de terror. En la novela de Mary Shelley, escrita en 1818, el Doctor Víctor Frankenstein quería penetrar los misterios de la naturaleza humana mediante una “manipulación genética” bastante burda: crear un ser a partir de trozos de cadáveres humanos, lo que consigue cuando infunde una chispa de vida en lo que resultó ser un esperpento condenado a ser rechazado.


El tema del doble, o de la creación de un ser similar a los humanos, ya había tenido una versión en el cine expresionista alemán en El Golem (1914), de Paul Wegener y Henrik Galeen. La película está basada en una antigua leyenda judía en la que un rabino, por obra de la cábala, le da vida a una figura de arcilla para defender a los judíos. Pero, la criatura se escapa de control y provoca catástrofes. Obviamente, nadie lo quiere.


Entre las más destacadas historias acerca del doble llevadas al cine está “Blade Runner” (1982), dirigida por Ridley Scott basada en la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, escrita en 1968. A Dick le interesaba la ciencia ficción no sólo para narrar historias sino especialmente como un lugar desde donde abordar los dilemas de la naturaleza humana.


El argumento gira en torno a una empresa transnacional de manipulación genética que ha creado unos seres artificiales tan sofisticados, los replicantes, la versión tecnológica más avanzada del modelo Nexus 6, cuya perfección hace difícil diferenciarlos de los humanos. Pero, ellos están programados sólo para funcionar durante cuatro años y, lo peor, carecen de recuerdos y emociones. Los replicantes se sublevan al descubrir que están condenados a muerte. No entienden por qué su creador, a quien se refieren como el Padre, los condenó a un destino tan despiadado.


Tras ellos está el policía Deckard, Harrison Ford, cuyo objetivo es eliminarlos. Mientras tanto, toma píldoras para manejar su estado anímico, es adicto a la televisión y un mercenario sin escrúpulos (¿les suena conocido?).



La escena clave para reflejar la dificultad para distinguir a los humanos de los robots está al final cuando el replicante Roy (Rutger Hauer) opta por lo inesperado y le salva la vida a su verdugo dejándolo sumido en la más profunda estupefacción y le dice: “Yo he visto cosas que ustedes los humanos no imaginan. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos centellando en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhäusser...Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.


Quizá las drogas, los calmantes, los activadores cerebrales y los pollos convertidos en dinosaurios  ya nos transformaron genéticamente. Quizá, como pensaba Philip K. Dick, necesitamos que venga un replicante y nos diga un par de cosas.

"La nana" y "Navidad": la vida de los otros

Aug. 18 , 2009

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Como dice José Donoso en la novela “Casa de campo”, ciertos sectores de la sociedad chilena a menudo deciden “correr un tupido velo” sobre todos aquellos asuntos que considera mejor ignorar para así mantener un brumoso cinismo y evitar dar explicaciones sobre ciertos asuntos.


Sebastián Silva y Sebastián Lelio, que por estos días estrenan sus películas “La nana” y “Navidad”, lejos de correr un tupido velo, narran con franqueza y convicción historias íntimas y sencillas que indagan, sin afanes sociológicos, realidades que se tienden a ocultar.

  


“La nana”, de Silva, explora el espacio familiar visto desde la perspectiva del personaje más abusado y esclavizado de la “familia” chilena. Por su parte, “Navidad” (que compite en el SANFIC, que se inaugura hoy), de Lelio, es un relato en el que abundan claves del estado actual de muchos jóvenes en relación a la crisis de la familia: el abandono, la ausencia de los padres, la exploración sexual y la búsqueda, a ratos desesperada, de los afectos.




En ambos casos, abordan esos mundos desde el punto de vista de los náufragos desde una mirada que por sobre todo busca la autenticidad. Opciones que están inspiradas en las características que se le reconocen al mejor cine independiente de la actualidad: “relatos que se alejan de la uniformidad y nos acercan a la diversidad con un cine innovador, personalizado y menos previsible” (Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, “La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna”).


“La nana” (premio a la mejor película dramática internacional en el Festival de cine independiente de Sundance y premio especial a Catalina Saavedra) y “Navidad” (entusiastamente elogiada en el último festival de Cannes) han alcanzado cierta notoriedad en diversos festivales, y este es otro rasgo del cine independiente: películas de bajo presupuesto y sin estrellas internacionales, aunque con excelentes actrices como es el caso Catalina Saavedra y Manuella Martelli.

La opción del cine independiente, de la que Silva y Lelio son herederos, nunca ha sido fácil aunque ahora hay señales alentadoras. Desde que en 1980 Robert Redford creó el Sundance Institute para retomar los esfuerzos iniciados a fines de los sesenta por Hooper, Fonda y Nicholson con “Busco mi destino”, entre otras, ha corrido agua debajo del puente.

Según las cifras, luego de 30 años el cine independiente con películas de bajo presupuesto ya “representan la tercera parte de los ingresos de taquilla en Estados Unidos” (Francoise Benhaomou, “La economía del star system”). No es poco.

Pero la tarea sigue siendo dura, tan dura como la describe Quentin Tarantino: “Los directores independientes no ganan dinero. Se gastan todo el dinero que tienen en hacer una película. Mejor dicho, el que no tienen. El dinero de sus padres. Roban dinero, se endeudan para el resto de sus vidas”.

Ojalá no sean así las vidas de Silva y Lelio.

La imagen, la sombra, el alma

Aug. 07 , 2009

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La muerte súbita y misteriosa de Michael Jackson provocó un vendaval de imágenes que recién comienza a ceder. La noticia justificó una información abundante. Pero, da la impresión de que también hay algo más subjetivo que tiene orígenes muy lejanos: un impulso por mantenerlo vivo, por retenerlo, por doblegar a la muerte a través de las imágenes. De hecho, en eso consiste el arte funerario.


Algo similar ocurre con las fotografías de los seres queridos que ya no están. Tienen un estatus especial, se guardan cuidadosamente, se las venera. A esas fotografías las recubre un cierto halo mágico y a través de ellas hacemos presente una ausencia.


Les atribuimos a las imágenes propiedades que no tienen, lo que ya está sugerido en leyendas muy antiguas. En “Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente”, Régis Debray cita la historia de un emperador chino que pidió al pintor de su corte que borrara la cascada de agua que había pintado en un muro del palacio porque el ruido del agua le impedía dormir.


Algo parecido realizaban los cazadores del período paleolítico, en el sentido de atribuir ciertas cualidades a las imágenes, Arnold Hauser, "Historia social de la literatura y el arte". Para "garantizar" la caza del animal que permitía la sobrevivencia de la especie llevaban a cabo el ritual de pintar al animal en las paredes de las cavernas atravesados por lanzas. En su pensamiento mágico existía la convicción de que iban a cazar al animal real porque ya lo habían atrapado en la pintura.


Un dato no menor es que numerosas investigaciones han llegado a la conclusión que dichas pinturas no cumplían una finalidad ornamental porque estaban pintadas en lugares oscuros de la caverna. Al parecer, se pintaba la escena de caza en lugares a los cuales se les atribuía potencialidades mágicas.


Por su parte, el historiador del cine y ensayista Román Gubern, en “Del bisonte a la realidad virtual”, recuerda la leyenda recogida por Plinio el Viejo en su “Historia natural” acerca del invento del arte de la pintura: “una doncella de Corinto trazó sobre una pared la silueta del rostro de su amado, proyectada como sombra, para gozar de la ilusión de su presencia durante su ausencia.”


Lo visible tiene códigos invisibles, lo cual nos permite volver a recordar que la percepción no es un acto pasivo sino una intervención activa y creativa en el mundo impulsada por códigos ancestrales y emociones profundas que generan un tramado de significados complejos y misteriosos. Las imágenes continúan, como sucedía miles de años atrás, ejerciendo sobre nosotros misteriosos efectos.


No habrá de extrañar entonces, señala Gubern, que algunas lenguas antiguas, como el latín, utilicen la misma palabra, imago, para designar la imagen, la sombra y el alma.



El Dios de los cineastas (y el de los otros)

May. 05 , 2009

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"En el Día del Juicio será Dios quien tendrá que dar cuenta de todos los sufrimientos del mundo. Hay que poner el sentido de la oración en lo que hacemos. Dios, si existe, quiere ser reconocido, no idolatrado. A veces, una blasfemia sirve más que una plegaria porque oculta el deseo de creer.”


Las afirmaciones son del cineasta italiano Ermanno Olmi y las expresó en el I Congreso Internacional de Teología y Cine, organizado por la Facultad de Teología de Cataluña hace algún tiempo. En la filmografía de Olmi figuran "El árbol de los zuecos" (1978), un retrato de la italia rural con alusiones  religiosas, que obtuvo la Palma de Oro de Cannes. Más tarde realizó "La leyenda del santo bebedor" (1987), basada en la novela de Joseph Roth, que obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia.

Olmi, un católico crítico de la Iglesia, ha realizado hace poco "Cien clavos", cuyo protagonista, dice, es "un Cristo de las calles y no de los altares".


Es una mirada interesante. Y hay muchas otras. No cabe duda que el Cristo de Zefirelli, católico, es muy distinto al de Passolini, un intelectual marxista que siempre incomodó al poder desde su honestidad y crudeza. Hasta que lo asesinaron.

Desde el punto de vista de la puesta en escena, por ejemplo, el de Zefirelli es una versión clásica, trabajado con colores cálidos, nubes a contraluz, harto filtro para hacer más etéreo al personaje, mucha grúa que baja suavemente desde lo alto. El de Pasolini, en cambio, es un Cristo en blanco y negro, con una dirección de fotografía que lo hace más crudo y más rudo, con cámara en mano, inestable, a ras de piso, tal como la cámara de un noticiario abordaría a un transeúnte en la calle.

Scorsese también hace lo suyo en "La última tentación de Cristo", basada en la novela de Kazantzakis. Allí hay un diálogo, que no es menor, de un ángel con Cristo crucificado que instala la duda de un modo frontal:

- ¿Estás seguro que es Dios, estás seguro que no es el diablo?, pregunta el ángel.
- No estoy seguro. Yo no estoy seguro de nada.
- Si es el diablo, al diablo lo puedes sacar.
- Pero, ¿y si es Dios?, responde Cristo. No se puede sacar a Dios, ¿verdad?

En la misma línea se puede interpretar buena parte del cine de Bergman que tiene una interrogante experimentada desde una profunda angustia: el silencio de Dios.

En fin, en el cine hay muchas miradas y Dios parece no perder vigencia.

Hace algunos días apareció en Chile el libro "¿Dios existe?", cuyos autores son Joseph Ratzinger y Paolo Flores d'Arcais. Un gesto interesante de Benedicto XVI, no sólo por la pregunta del libro sino especialmente por dialogar con un filósofo ateo.

Pero hace ya bastante tiempo que Amado Nervo había enfrentado el tema a su manera: "Resolví el problema. Dios existe. Somos nosotros los que no existimos."

Lo que está fuera de duda es que Dios está en el debate. En tiempos tan descreídos y pragmáticos y oportunistas y frívolos y faranduleros, no está mal.

Christopher Hitchens publicó "Dios no es bueno", un debate contra la religión, señalando que "es la promesa vacía de los totalitarismos" y Michel Onfray publicó "Tratado de ateología" en el que sostiene que Dios no está muerto y desde allí plantea la necesidad de un nuevo ateísmo, "argumentado sólido y militante."

En Chile también ha habido aportes valiosos. "¿Qué hacer con Dios en la República?", de Sol Serrano, descrito como un análisis sobre el proceso de secularización en Chile durante el siglo XIX desde el cual emerge, según la autora, una tremenda y fascinante paradoja: cómo la privatización del catolicismo -su alejamiento forzoso del Estado- constituyó su mejor publicidad en la esfera pública moderna."

El debate llega incluso a lugares insospechados. No hace tanto entré al baño de hombres del Bar Liguria y me encontré con tres rayados hechos a la carrera por personas distintas, según deduje por la caligrafía y los plumones empleados.

El primero era un clásico:
"Dios ha muerto", Nietzsche.


Un poco más abajo alguien escribió algo ya conocido, pero que no va en camino de convertirse en un clásico:
"Nietzsche ha muerto", Dios.

El tercero, en cambio, me pareció que tenía la gracia y la originalidad de la desfachatez: "Dios y Nietzsche han muerto y últimamente yo también me estoy sintiendo mal". No tenía firma.

Bueno, habrá que ver cómo sigue todo esto porque para algunos la vida es algo así como a Dios rogando y con el mazo dando mientras otros, los más, se quedan a la buena de Dios, confiados, allá ellos, de que Dios aprieta pero no ahorca y los contemplativos sostienen que Dios dirá y yo, por mi parte, con todo respeto, creo que es demasiado tímido.

Libros conversando en la oscuridad (del Kindle2 y otras cosas)

Feb. 17 , 2009

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El crepúsculo continúa su viaje hacia la noche y buscando otros fuegos me refugio en la biblioteca. Allí convivo con centenares de libros que se resisten al orden y que entran en pánico y se esconden cuando ven que me aproximo con cara de querer ordenarlos. Entonces se transforman en un montón de historias con histeria recordando a Borges cuando decía que ordenar la biblioteca es, en el fondo, una manera de hacer crítica literaria.


Tienen razón, porque las pocas veces que hago orden actúo sin piedad. Los que importan acá, cerca y a la vista, los que ya leí y me interesaron, en los estantes de arriba, no tan lejos por si vuelvo a enamorarme y estos otros, mediocres, se van a los estantes de abajo, a llenarse de polvo y olvido, o se regalan. Pero, intento no hacer un orden perfecto porque cuando busco un libro sin saber exactamente donde está disfruto el placer de viajar por los estantes explorando mundos y me voy encontrando con viejos amores o descubro amores posibles que aún no he leído.




Mis libros son locuaces y mienten sin pudor. En los momentos más íntimos conversan de un estante a otro y en ciertas ocasiones se confiesan. Son unas fieras cuando critican, a menudo tienen el mal gusto de citarse a sí mismos y cuando la hipocresía les parece conveniente no dudan en sobarse el lomo.


Odian los blogs por chantas e improvisados. De televisión prefieren no hablar (menos mal).


Y por estos días les vienen ataques convulsivos por la aparición del Kindle2 y dicen que es un artefacto digital horrible, frío, gris, sin olor y más encima fanfarrón (“Que se precia y hace alarde de lo que no es”), y entonces se cuelgan del cronista español del diario El País José Antonio Millán para decir que “no se trata sólo de leer… la cosa va de hojearlos, comprarlos, exhibirlos, coleccionarlos, prestarlos, a veces recuperarlos y olerlos…”


Al llegar la oscuridad, cansados ya de tanta paranoia, se instala en ellos la melancolía. Murmuran historias terribles de los tiempos en que fueron quemados en plena calle y recriminan sin piedad al Libro Blanco, que es casi el único que por esos años se salvó.


Luego comentan con estupor el gesto del poeta Luis Omar Cáceres que por los años treinta, indignado por las erratas de su primer y único libro publicado, quemó en el jardín de su casa todos los ejemplares que logró recuperar.


Desde la segunda fila del estante que está al lado de la ventana Fahrenheit 451 dice, orguloso, que en sus páginas se denuncia a una sociedad en la que los bomberos queman libros para evitar que las personas puedan pensar por sí mismas. La estantería completa se queda en silencio. Así es que el tal Cáceres, continúa Farenheit 451, aunque haya dicho que “cuando nada se espera de la vida, algo debe esperarse de la muerte”, no tiene perdón, y lo que tendría que haber hecho es darle duro al editor porque errar demasiado no es humano.


No es para tanto, afirma displicente Juana de Arco desde el estante superior lo que desata nuevamente una trifulca, los insultos van y vienen, la batalla se generaliza y, como siempre, todos aprovechan la oportunidad para darle duro al Diccionario acusándolo de glotón y arrogante, de prepotente y autoritario. Mientras tanto, la Enciclopedia mira para el techo tratando de pasar piola.





Más tarde, para no aburrirse, matan las horas fusilando traductores, descuerando prologuistas y denunciando a los apócrifos mientras, recostado en el sillón, simulo dormir y me entero de chismes, pelambres y traiciones.

Cuerpos en el teatro

Jan. 26 , 2009

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En medio de la oscuridad de pronto se enciende una luz cenital y descubro que desde el fondo del escenario una mujer camina lentamente hacia el público a través del silencio. Su cuerpo es frágil y tiembla, a cada paso sus tobillos están a punto de doblarse, realiza un enorme esfuerzo para entrar en un mundo oscuro y desolado, siento que su cuerpo viene viajando desde profundidades muy lejanas.

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Sueños públicos compartidos

Jan. 19 , 2009

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De las películas de 2008 una de las que más me impresionó fue “La buena vida”, de Andrés Wood, por la valentía del realizador de meterse con historias que nadie cuenta, las que no aparecen en los medios, las que están esparcidas en el anonimato de la calle y que a nadie parecen importarles, lo que finalmente termina convirtiéndose en un retrato de nosotros mismos.

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Gomorra

Jan. 06 , 2009

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Pronto llegará a las librerías chilenas “Gomora” el primer libro de Roberto Saviano, publicado en 2006 cuando el escritor tenía 28 años, obra que le cambió la vida para siempre, y para mal.


A poco andar comenzaron las amenazas, públicas incluso, que fueron en ascenso hasta que Saviano comenzó a vivir día y noche rodeado de policías para evitar que lo asesinaran y terminó exiliado de su ciudad y ahora pasa sus días en una brutal clandestinidad.

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La otra vida

Dec. 29 , 2008

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Juanita y Antonio llegaban muy temprano al set de filmaciòn y esperaban su turno en el pasillo. Mientras ella se instalaba unas raídas pestañas postizas y él armaba su jopo con restos de gomina, se preparaban para resistir las 22 escenas que debían filmar cada día. A fines de los años Veinte, cuando recién comenzaba el cine sonoro, habían sido contratados para interpretar, en español, las mismas películas que las estrellas hollywoodenses hacían en inglés.

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El futuro llegó, pero pasó de largo

Dec. 10 , 2008

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Viene año electoral, el futuro se va a poner de moda: propuestas, ofertas, ofertones. La vida es dura. Por otra parte, el futurólogo Ray Hammond  describe cómo será el futuro el 2030: los computadores igualarán en capacidad a la mente humana, y esta dejará de ser predominante. Glup.

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Ciudades literarias

Dec. 02 , 2008

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En nuestras ciudades, tantas veces desalmadas, me refiero especialmente a Santiago, cuesta conectarse y en muchas ocasiones la literatura refleja de manera brillante el alma de las ciudades y sus personajes. Aquí van algunas citas.

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