Laberintos borgianos
La tradición literaria latinoamericana ha hecho suya esta idea en reiteradas oportunidades y desde trincheras políticas diversas. Allí encontramos a Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Denzil Romero, entre otros. El intelectual venezolano Mariano Picón Salas también tomó esta imagen para retratar a un continente –el suyo- que a pesar de dos siglos de crítica moderna y pensamiento ilustrado todavía era incapaz de liberarse de su “laberinto barroco”. Después vino el crítico uruguayo Ángel Rama, quien exploró los alcances de la metáfora para explicar la dialéctica permanente entre la ciudad descifrable, su ciudad letrada, y la ciudad real, rebelde, enrevesada. Es en esta larga y compleja tradición en la que William Córdova quiere inscribir su trabajo. Si bien reconoce su deuda directa con Paz y Borges, los lenguajes políticos con los que construye laberintos tienden a distanciarlo de ambos referentes. La operación es oportuna y, diríamos, necesaria. Más allá del peso cultural que ambos nombres puedan tener en ámbitos extra-latinoamericanos, las sombras del oficialismo y el autoritarismo todavía enturbian sus legados literarios. Córdova se desmarca de esas sombras instalando al laberinto como punto de inicio de una intervención que busca desestabilizar la confortable resignación que sostiene la perplejidad presente. Superando las falencias de la crítica estandarizada y a-histórica, su trabajo se interna en las ciudadelas de la amnesia para recuperar objetos, imágenes, nombres y lenguajes políticos en desuso. Va hacia delante y atrás renovando circuitos insospechados, atravesando espacios olvidados donde se conservan los residuos de encrucijadas previas. Precisamente ahí comienza la alquimia. laberintos no es producto de la nostalgia o del oficio de anticuario. Es una reflexión impostergable respecto al potencial de este espacio como fuente de nuevas condiciones políticas.

laberintos (after octavio paz) (2003-2009), dimensiones variables.
Carátulas de discos de vinilo tomadas de la biblioteca de una institución educacional de elite ubicada en New Haven, Connecticut, en respuesta a la negativa de la institución a devolver a Perú una considerable colección de artefactos incaicos tomados en préstamo en 1914. Fotografía gentileza del artista.
Propongo que parte de las respuestas de Córdova operan al nivel de los límites, en este caso haciendo estallar esa curiosa frontera que insiste en distinguir el dominio privado del público (y que en definitiva apunta a aislar al individuo de la comunidad). En más de una ocasión el artista ha cartografiado esos territorios íntimos, que el entiende como "espacios sagrados" y que yo defino como "ágoras en miniatura", donde se transmiten saberes paralelos, geográficamente al margen, ordenados a contrapelo. Saberes que por esa misma naturaleza ralentizan la petrificación de las narrativas oficiales. Aferrado a la fuerza de esa resistencia, Córdova se detiene a analizar una mutación clave: la fabricación de experiencias colectivas a partir de experiencias individuales. Es en ese trasvasije de lenguajes, prácticas, en una palabra, de filosofías, donde se distingue el perfil y la función corrosiva de esos espacios contra-estructurales. Toda obsesión individualista termina así desactivada ante la representación de lo privado como una instancia tramada por su vocación gregaria. Anulando el límite, Córdova abre la puerta para que el individuo sea el que finalmente estalle y haga posible la densificación de nuestras memorias compartidas. El proceso, no obstante, tiene visos de trauma. Acumulando derrota sobre derrota, Córdova construye una galería de héroes infaustos con aquellos que quedaron fuera de la inmortalidad social. Los cadáveres se acumulan por decenas, cientos, miles. De ahí la urgencia por recrear las condiciones para que sus nombres sean otra vez dichos. De ahí la necesidad de allanar la memoria, desmontar los panteones oficiales y ver si podemos construir otros ordenes sin divinidades tutelares.

El carácter elusivo de laberintos no es una virtud autónoma, sino refleja. En otras palabras, es una estrategia. Lo establecido ha probado ser inmune a la duda, la sospecha, la insolencia, y peor aun, a las formas tradicionales de violencia. La suerte de los que atacan desde el margen ya no se sella en la neutralización. El fracaso de los que caen ni siquiera se limita a lo que históricamente conocíamos por derrota. La derrota no pertenece más al derrotado, pues incluso esa memoria, la del fracaso, ha sido expropiada. Veo ahí una de las razones que obstaculizan la acumulación de conocimiento para una resistencia generativa. Cuando Marx insistió en la centralidad de las condiciones heredadas para una correcta lectura política, no lo decía con el reduccionismo de la causalidad académica. Su punto era aclarar que solo entendiendo la lógica de la reproducción constante es que se puede comenzar a desmontar lo construido. De ahí que el laberinto opere como versión espacial de esta estrategia. Eludimos mientras transformamos el espacio, mientras convertimos el lugar del extravío en fértil arena de conflictos; eludimos mientras renunciamos a la imaginación segunda para reproducir la primera. Aquí es donde cobra sentido la asociación con los manuales de guerrilla urbana, donde la idea de laberinto es radical. Y también con los que ahora mismo se están reescribiendo en los frentes rurales, abiertos –también laberínticos- de los otros mundos. El laberinto se presenta entonces como un lugar preñado de poder, donde hay espacio para el engaño, la disimulación y el asalto. No es caos ni orden, sino trinchera.
La estrategia, no obstante, puede agotarse y es en esa cuerda floja donde se ponen a prueba los límites de laberintos como reflexión política. Si el objetivo es acusar la ausencia de presencias, la negación de precedencias y la imposición de narrativas que invisibilizan, la apuesta de Córdova parece efectiva. Al manejar con suficiencia los vínculos entre sus obras, el artista logra montar relaciones que anulan el riesgo de homogeneizar los discursos que cita. Quizás por eso lo sincrónico con lo diacrónico se cruzan aquí con inusual delicadeza. No obstante, la efectividad queda en suspenso cuando este mismo sistema relacional se proyecta al plano de lo político. Al desafiar las narrativas en circulación, Córdova no solo está actualizando la posibilidad (siempre abierta) de aferrarse a relatos alternativos, sino también el derecho (olvidado) a crearlos. Volvemos, entonces, al problema de las prácticas, al problema de lograr que nuestra presencia, nuestro lugar en el laberinto, deje de ser una cuestión de mera existencia y se convierta en una historia posible, en una narrativa que supere el estado de emergencia. Si we will be here forever, la pregunta es cómo transformar esa certeza en fuente de subversión real. La pregunta, en definitiva, es cómo abandonamos el lenguaje de la resistencia.




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Posted by Tomas Medici on November 05, 2009 at 12:25 PM CLST #
Posted by Sergio on November 05, 2009 at 04:46 PM CLST #