La cultura del pánico
Nueva York se repleta de policías y perros-policía durante el mes de diciembre. Los uniformes azul marino que durante el año se ven de vez en cuando están ahora repartidos por toda el área metropolitana: calles, estaciones de metro, paradas de tren, ferries, centros comerciales, en fin, lugares de alto flujo. Están en los baños incluso (vigilando, por cierto). El fenómeno es tan notorio que "contar policías" es un juego común entre los niños. Los controles a bolsos y paquetes voluminosos también se han vuelto cotidianos. En teoría funcionan regularmente, pero ahora la práctica se materializa con mesas especialmente habilitadas. ¿Qué dice la gente? No mucho. Mientras todo siga funcionando como debe funcionar, la rutina se cumpla y nadie pierda tiempo, no hay de qué quejarse.
Pero la fragilidad de este orden queda en evidencia cuando el mínimo presupuesto no se cumple. Son episodios insignificantes, "aislados" según cierta jerga, pero que revelan lo mucho que está en juego en la gran madre capitalista. Hace pocos días, mientras tomaba un tren en un punto neurálgico del sistema de transporte local, tuve la dicha de presenciar uno de esos síntomas. La pelotera comenzó cuando los pasajeros del vagón en que me encontraba comenzaron a incomodarse al advertir que la espera en la estación demoraba más que de costumbre. Poco a poco las cabezas comenzaron a asomarse –algunos leían, otros trabajaban en sus computadoras portátiles y un número importante miraba por la ventana. Por alto parlantes se anuncia que el tren sufriría un retraso.
El aviso, que para los pasajeros de otros vagones debió sonar estúpido, para nosotros era innecesario. A esas alturas ya habíamos advertido que la espera se debía a que tres policías –dos blancos y un asiático- habían subido al vagón para interrogar a una mujer negra, de aproximadamente cincuenta años, que venía accionando un contador mecánico. Sí, un aparatito que suma unidades con un simple click. Como era de esperar, todos los que íbamos en el vagón terminamos siendo parte del improvisado interrogatorio público. La escena es como sigue. Algunos se levantan de sus asientos para presionar a los policías: como el procedimiento estaba afectando el tiempo del resto, lo lógico era que continuaran afuera, dejando que el tren iniciara su marcha. Otros reclaman desde sus asientos, embromando el celo policial. Ninguna mujer alza la voz: simplemente observan e intercambian opiniones con el compañero de asiento. De improviso la tripulación del tren comienza a discutir con uno de los policías: presionados por la administración de tráfico, éstos insisten en que se debe iniciar la marcha. El oficial se niega diciendo que nadie se mueve sin que termine el interrogatorio. Negociación desigual, se impone este último.
Sigue el interrogatorio: que cómo se llama, dónde vive, que dónde consiguió el contador, dónde va, que cómo se llama, y así.
De la nada se arma una nueva pelotera. Otro de los policías –el blanco, rosadito y más robusto- debe trasladarse rápidamente al extremo opuesto del vagón para mediar en otra discusión, esta vez entre dos pasajeros: un gringo y un latino. El primero defiende la gestión policial aduciendo que no existe otra manera de garantizar la seguridad de todos. El segundo acusa discriminación: "es una cuestión de estereotipos, pues nadie desconfía de una blanca". En vano, el policía trata de templar ánimos explicando el procedimiento. Sigue la discusión: el blanco apunta al latino sugiriéndole que no reclame, que si el asunto no le parece puede cambiarse de tren o "volver a su país". El latino lo manda al mismísimo carajo. Junto a mí hay una mujer india leyendo la Biblia: "Puede ser molesto, pero es lo que debe hacerse", me dice. "Nadie quiere que esto se convierta en un infierno y ellos solo quieren verificar que estamos todos a salvo".
La discusión entre los dos hombres termina cuando el blanco -el que apunta- se cambia de vagón. El latino permanece en su asiento leyendo un periódico mexicano editado e impreso en un barrio latino de Queens. El operativo concluye cuando los policías verifican identidad y domicilio de la interrogada. El tren parte y yo trato de retomar la lectura de un libro de Carol Watts que, entre muchas cosas, explica cómo durante el siglo XVIII el Imperio Británico enseñó a sus súbditos lo que significaba ser un imperio y el precio que ciudadanos y súbditos tenían que pagar por ello.
Pero la fragilidad de este orden queda en evidencia cuando el mínimo presupuesto no se cumple. Son episodios insignificantes, "aislados" según cierta jerga, pero que revelan lo mucho que está en juego en la gran madre capitalista. Hace pocos días, mientras tomaba un tren en un punto neurálgico del sistema de transporte local, tuve la dicha de presenciar uno de esos síntomas. La pelotera comenzó cuando los pasajeros del vagón en que me encontraba comenzaron a incomodarse al advertir que la espera en la estación demoraba más que de costumbre. Poco a poco las cabezas comenzaron a asomarse –algunos leían, otros trabajaban en sus computadoras portátiles y un número importante miraba por la ventana. Por alto parlantes se anuncia que el tren sufriría un retraso.
El aviso, que para los pasajeros de otros vagones debió sonar estúpido, para nosotros era innecesario. A esas alturas ya habíamos advertido que la espera se debía a que tres policías –dos blancos y un asiático- habían subido al vagón para interrogar a una mujer negra, de aproximadamente cincuenta años, que venía accionando un contador mecánico. Sí, un aparatito que suma unidades con un simple click. Como era de esperar, todos los que íbamos en el vagón terminamos siendo parte del improvisado interrogatorio público. La escena es como sigue. Algunos se levantan de sus asientos para presionar a los policías: como el procedimiento estaba afectando el tiempo del resto, lo lógico era que continuaran afuera, dejando que el tren iniciara su marcha. Otros reclaman desde sus asientos, embromando el celo policial. Ninguna mujer alza la voz: simplemente observan e intercambian opiniones con el compañero de asiento. De improviso la tripulación del tren comienza a discutir con uno de los policías: presionados por la administración de tráfico, éstos insisten en que se debe iniciar la marcha. El oficial se niega diciendo que nadie se mueve sin que termine el interrogatorio. Negociación desigual, se impone este último.
Sigue el interrogatorio: que cómo se llama, dónde vive, que dónde consiguió el contador, dónde va, que cómo se llama, y así.
De la nada se arma una nueva pelotera. Otro de los policías –el blanco, rosadito y más robusto- debe trasladarse rápidamente al extremo opuesto del vagón para mediar en otra discusión, esta vez entre dos pasajeros: un gringo y un latino. El primero defiende la gestión policial aduciendo que no existe otra manera de garantizar la seguridad de todos. El segundo acusa discriminación: "es una cuestión de estereotipos, pues nadie desconfía de una blanca". En vano, el policía trata de templar ánimos explicando el procedimiento. Sigue la discusión: el blanco apunta al latino sugiriéndole que no reclame, que si el asunto no le parece puede cambiarse de tren o "volver a su país". El latino lo manda al mismísimo carajo. Junto a mí hay una mujer india leyendo la Biblia: "Puede ser molesto, pero es lo que debe hacerse", me dice. "Nadie quiere que esto se convierta en un infierno y ellos solo quieren verificar que estamos todos a salvo".
La discusión entre los dos hombres termina cuando el blanco -el que apunta- se cambia de vagón. El latino permanece en su asiento leyendo un periódico mexicano editado e impreso en un barrio latino de Queens. El operativo concluye cuando los policías verifican identidad y domicilio de la interrogada. El tren parte y yo trato de retomar la lectura de un libro de Carol Watts que, entre muchas cosas, explica cómo durante el siglo XVIII el Imperio Británico enseñó a sus súbditos lo que significaba ser un imperio y el precio que ciudadanos y súbditos tenían que pagar por ello.




Feeds
sólo falto decir el nombre del título del libro...
Posted by Esteban Arriagada on December 18, 2008 at 10:24 PM CLST #
Posted by jdc on December 19, 2008 at 01:30 AM CLST #
Posted by Patricio Castillo on December 19, 2008 at 02:12 AM CLST #
Posted by Roberto on December 19, 2008 at 02:56 AM CLST #
Posted by Bety on December 19, 2008 at 07:14 AM CLST #
Posted by Bety on December 19, 2008 at 07:17 AM CLST #
Posted by Giorgio Montalbetti on December 19, 2008 at 08:26 AM CLST #
Los gringos no entienden que casi nadie les quiere hacer un atentado en su país, sí en los lugares que "ocupan" para expandir su libertad y de paso asegurar los recursos naturales energéticos de sus ciudadanos-consumidores-comechicle.
Saludos desde Éfeso
Posted by Abraxas on December 19, 2008 at 09:09 AM CLST #
Posted by javier on December 19, 2008 at 07:23 PM CLST #
Aun no comprendo cómo estos sujetos discriminan tanto, si el mayor porcentaje de sujetos que conforman su nación son de variadas nacionalidades y culturas, los cuales han contribuido (y contribuyen) en gran parte a lo que es EE.UU. hoy en día.
Excelente relato Andrés!!
Posted by Jorge Morales Zamorano on December 19, 2008 at 08:20 PM CLST #
Un abrazo,
Andrés
Posted by Andrés Baeza on December 20, 2008 at 07:17 AM CLST #
Va el título del libro:
Carol Watts. The Cultural Work of Empire: The Seven Years’ War and the Imagining of the Shandean State (University of Toronto Press, 2007).
Saludos,
Andrés
Posted by Andrés Estefane on December 20, 2008 at 07:49 PM CLST #
Posted by Francisca de la Maza on December 23, 2008 at 09:30 AM CLST #
Posted by Chimbirongo on December 31, 2008 at 01:25 AM CLST #
Posted by victoria lefevre on January 12, 2009 at 11:38 PM CLST #