El bueno de Simón

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Quizás tú, al igual que yo, creciste escuchando que debíamos desconfiar de todos los muertos. Especialmente de los que conocimos en vida. Es probable que a ambos nos hayan tratado de convencer de que el pasado era un reducto lleno de trampas y que un explorador mal entrenado podía extraviarse con facilidad. Me pregunto si fue debido a esas enseñanzas que un día dejamos de interesarnos en la historia de nuestras familias, de nuestras comunas y de nuestro entorno inmediato. Me pregunto si esa es la razón por la cual olvidaste que el lugar donde vives era hace tres décadas un potrero que de pronto cobró valor. Me pregunto si es por eso que no recuerdo con precisión cuándo se fueron mis antiguos vecinos ni por qué tuvieron que marcharse.

Lo problemático de la indiferencia frente al pasado es que termina condicionando nuestra relación con el presente. El mejor ejemplo está en lo cotidiano, cuando llegamos a un lugar determinado y olvidamos el por qué. Algunos se confunden; otros prefieren volver al lugar de partida. Yo me nublo. ¿Cuál es el punto común? Todos nos extraviamos. Lo que podría pasar por simple anécdota se transforma en algo más serio si pensamos el problema desde una perspectiva más amplia. Cuando el extravío es la norma, la comunidad se dispersa, desaparece, y ya no hay compañeros de ruta, ni vecinos, ni aliados, ni nada. Pronto desaparecen los vestigios del proyecto que alguna vez compartimos. Y emerge la impotencia.

El punto es que la historia no es solo un área de reflexión, sino también un universo de referencias; y esas referencias las podemos encontrar en el pasado inmediato, en el remoto, en el propio o en el ajeno. La cuestión es adiestrar los sentidos y buscar con rigor.

Hace algunas semanas se cumplió un nuevo aniversario del natalicio de Simón Rodríguez (1769-1854), el brillante pedagogo venezolano a quien Bolívar tanto admiró. Rodríguez fue uno de esos republicanos cuya sabiduría y fina formación política le hubieran permitido instalarse en cualquier república americana, junto al poder, llevando una vida placentera. Pero la libertad era su bien más preciado y estuvo dispuesto a pagar los costos de una vocación itinerante que mantuvo hasta los ochenta años.

Si la imposibilidad de radicarse le privó de comodidades, su excentricidad le atrajo no pocos enemigos. Fue demonizado por enseñar anatomía utilizando su torso desnudo; estando en Bolivia prometió destruir la religión de Jesucristo en menos de seis años; no tuvo empachos para criticar al clero retrógrado y a las aristocracias ignorantes que veían con temor sus propuestas para educar a negros e indios tal como se hacía con los hijos del blanco. Nunca toleró los afanes de la previsión y por lo mismo vivió la pobreza y el hambre.

Residió en Chile durante algunos años haciendo lo que mejor sabía: enseñar. Muchos dirán que su influencia en nuestro país fue nula o que nada legó tras su estadía. Quizás hizo mucho más que otros prohombres de la república. Al menos sostuvo con escasos recursos una escuela modesta que fue uno de los tantos estadios en su lucha contra la ignorancia. Se dice que en este país lo pasó mal, que vivió agobiado por una frugalidad impuesta y marginado por una sociedad indiferente a sus ideas.

¿Para qué citar a Rodríguez? Para todo, excepto para convertirlo en héroe. Me interesa que lo recordemos porque Rodríguez fue uno de esos seres humanos que se resisten a lo convencional, uno de los que desafían a sus entornos mediante identidades que incomodan, siempre articuladas a contrapelo. Me interesa porque es un hombre contradictorio, como todos, y porque su peor enemigo fue su temperamento. Me interesa porque se trata de un hombre que no concebía la vida sin el deber de arriesgarse. Sobre todo, porque hizo de la miseria el punto de partida de una nueva sociedad.


Comments:

jajaja... mira dónde nos vinimos a encontrar!!! Un abrazo.

Posted by Giorgio Montalbetti on November 24, 2008 at 09:12 AM CLST #

Sugerente el análisis sobre el señor Rodríguez. Me recuerda a otro personaje contradictorio de nuestra fauna. Guardando distancias temporales y ámbitos de desempeño, el bueno de Simón se asemeja al inútil de Joaquín Edwards Bello, el "tábano" de la sociedad chilena como lo bautizó Gabriela Mistral. Edwards Belló renegó de su clase, se autoretrató en su novela "El inútil", partió a Brasil exiliado —ya despreciado por su gente—, se corrompió con el juego, volvió a nuestra tierra, escribió miles de crónicas para La Nación, se le acusó de antisemita, siguió apostando, tuvo una mala racha con los caballos, quedó deforme y decidió acabar con su vida con el revólver legado por su padre. Fue, en cierto modo, un genuino representante de aquellos que "desafían a sus entornos mediante identidades que incomodan".

Posted by Patricio Contreras on December 01, 2008 at 07:15 PM CLST #

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