Viento de fronda
Jan. 14 , 2012
Publicado en Reportajes de La Tercera, Sábado 14 de enero de 2012.
La mejor idea que ha tenido Sebastián Piñera ha sido invitar a los ex presidentes a conversar sobre los cambios necesarios en el país. Lo hizo al final de un año que fue el más malo que haya tenido cualquiera de esos gobiernos y que, según desea La Moneda, no podrá ser seguido por otro peor, aunque no es eso lo que dice la caprichosa Ley de Murphy. Y lo hizo en un momento donde su baja popularidad compite con la desconfianza hacia la clase política, la combinación perfecta de deslegitimación y vacío.
La invitación del Presidente le devolvió una cierta estatura de Estado a un gobierno que ha sido muy carenciado en esta dimensión -el Bicentenario fue la otra excepción- y le dio algún contenido a esa entelequia de la "unidad nacional" que es el timbre de agua de los gobiernos de derecha.
Esta gran idea no les gustó a los presidentes de los partidos que apoyan a Piñera. En realidad, no les gustó la invitación a Michelle Bachelet, pero ese hecho es un reflejo del grado en que esos dirigentes están más encariñados con la calculadora electoral que con las políticas de Estado.
Las buenas ideas siempre tienen costos, y no sólo por las calculadoras. En este caso, los ex presidentes fueron convocados a expresar sus opiniones en privado, pero Piñera no podría ignorar que entre los cuatro hay un consenso importante: no se saldrá de la crisis social asomada durante el 2011 sin un mayor compromiso del Estado con la lucha contra la desigualdad y sin cambios al sistema político que signifiquen una ampliación de la democracia. En menos palabras, reforma tributaria y fin del binominal.
Sobre ambas cosas hay importantes discrepancias en los partidos oficialistas. Pero la oposición más profunda e inconmovible proviene de la UDI, que parece ver en estas dos propuestas un asalto contra los pilares de la estabilidad. Diputados de ese partido levantaron la voz para condicionar el alza eventual de algún impuesto a la disminución de algún otro, como si se tratara de cautelar una invisible barrera de limitación a los ingresos fiscales.
Esta misma actitud, pero ahora sanforizada con un aire de enojo doctrinario, se interpuso ante la idea de modificar el sistema binominal. Dirigentes (y algunos ministros) de la UDI han reclamado que la reforma política más importante es la inscripción automática y el voto voluntario, ya consagrada, y que junto con otros proyectos complementarios (partidos políticos, primarias) integran todo lo más lejos que el oficialismo puede llegar. Del binominal, ni hablar. Esos dirigentes tendrán que probar la profundidad de lo que cambiarán la inscripción automática y el voto voluntario en las elecciones municipales de octubre, pero aun así es evidente que esas innovaciones no tocan a la médula de lo que está en discusión, que es la manera en que el sistema electoral reconoce y representa a las mayorías y a las minorías.
Es muy difícil saber cómo y dónde se produjo el malentendido que terminó por arruinar la cena en que el Presidente trató de fijar la hoja de ruta del gobierno con los dirigentes de RN y la UDI, el lunes pasado. Muchos de los asistentes salieron convencidos de que Piñera les había propuesto una reforma tributaria cautelosa y una postergación indefinida de la reforma del binominal. Pero 48 horas más tarde, el Presidente saltó públicamente a exigir un acuerdo sobre la reforma al sistema electoral, y ardió Troya en las filas del oficialismo. El senador Jovino Novoa llegó a amenazar al Ejecutivo con el fin del apoyo de la UDI. ¿Sería para tanto?
Los calificativos con que se describió la reacción del Presidente -"golpeó la mesa", "exigió orden"- son un poco exagerados y describen mal las limitaciones de lo que dijo. Es cierto que es la primera vez que se enoja en público con sus partidos, pero tal enojo es muy singular, porque lo que exigió fue que el oficialismo y la oposición se pongan de acuerdo. Esto no es lo que hacen los gobiernos. Lo que hacen los gobiernos es plantear una posición, un camino para materializarla y un modelo para negociar. Si los gobiernos pidiesen que los partidos acuerden los grandes proyectos y luego se los lleven listos, se convertirían en oficinas de partes.
Obviamente, no es esto lo que quiere el Presidente. Esta manera de expresar su enojo es una revelación -quizás involuntaria- de su incomodidad ante las exigencias de la UDI, que su propio partido, RN, se muestra cada vez más incapaz de contener. En realidad, no es tanta incapacidad como división interna: si hay hoy en Chile un partido con serias perspectivas de secesión es RN. No uno cualquiera, sino el del Presidente. Lo que equivale a decir, matices más o menos, que el Presidente está sin partido, o con sólo una fracción de él.
En la última línea, la polémica sobre el binominal puede ser entendida como síntoma de las esenciales divergencias doctrinarias que acompañan a la Alianza desde su nacimiento y que, tal como la Concertación, han sido obliteradas bajo un pacto político para ganar el gobierno. Esas discrepancias están ahora dramatizadas por las interpretaciones contrapuestas sobre lo que pasó el 2011 y la manera de zafar de tamaño desafío.R




