Ascanio Cavallo

 

¿Quién quiere ser candidato?

Feb. 04 , 2012

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Publicado en La Tercera, 04 de febrero de 2012

¿Qué lleva a un político a presentarse con tan bajas posibilidades? Son tres las opciones más corrientes: la expectativa de dar un golpe a la cátedra y conseguir un triunfo en los márgenes; la perspectiva de adquirir protagonismo e intentarlo de nuevo; y la necesidad de dar un testimonio.

En las elecciones presidenciales chilenas, la única receta es que no hay receta. En los 22 años transcurridos desde la restauración de la democracia, el esquema bi-coalicional ha hecho impensable que pueda triunfar un candidato erigido por fuera de las dos grandes alianzas. El control de los partidos, el peso de los parlamentarios, las máquinas territoriales, las redes sociales (las de verdad, no las digitales), los juegos de intereses, la ecuación entre viabilidad y respaldo, muchos factores concretos conspiran contra la eficacia potencial de una candidatura "por la libre" o a cualquier evento.

Y a pesar de toda la evidencia, a pesar de los números y las proyecciones, no todos han creído que esto es inabordable: en las cinco elecciones se han presentado a las primeras vueltas candidatos empeñados en desafiar ese esquema.

¿Qué lleva a un político a presentarse con tan bajas posibilidades? Las opciones más corrientes parecen ser tres: 1) la expectativa de dar un golpe a la cátedra y conseguir un triunfo en los márgenes (es decir, pasando a segunda vuelta); 2) la perspectiva de adquirir algún protagonismo y eventualmente intentarlo de nuevo; o 3) la necesidad de dar un testimonio acerca de una idea, un partido o un principio.

En la categoría 3) están todos los candidatos ecologistas, con el especial brillo de Sara Larraín, cuyo currículo público suele decir "ex candidata presidencial", aunque obtuvo algo más de 31 mil votos (0,44%) que probablemente pasaron a Ricardo Lagos en la segunda vuelta. También anduvo en esa esfera Manfred Max-Neef, que en 1993 obtuvo 12 veces más, 387 mil votos (5,55%), en lo que parece haber sido hasta ahora el techo de esos movimientos en Chile.

También fueron testimoniales las candidaturas del Partido Humanista: Cristián Reitze, que en 1993 logró 81 mil votos (1,17%) y Tomás Hirsch, que sacó 36 mil en 1993 y 375 mil en 2005, aunque esta vez como cabeza del pacto Juntos Podemos. Hirsch ha sido candidato a todo (concejal, alcalde, diputado, presidente), Reitze volvió a sus negocios inmobiliarios y el Partido Humanista no ha vuelto a vibrar como lo hizo con la energética generación que lo fundó.

Y se podría llamar testimoniales a las del Partido Comunista, aunque la del sacerdote Eugenio Pizarro (Lenin debió dar varias vueltas en su tumba con esta idea) sólo muestra lo extraviado que estaba el PC con la conducción de Gladys Marín. La competencia más sincera, que libró la misma Marín en 1999 con su coraje habitual, le dio 225 mil votos, ¡100 mil menos que los del cura!

En la categoría 2) sólo han conseguido el objetivo de permanecer como candidatos latentes Francisco Javier Errázuriz en 1989, con un millón de votos que más tarde lo convirtieron en senador, y Marco Enríquez-Ominami, con un millón 400 mil que todavía no lo convierten en nada, excepto en líder de un partido en ciernes.

Errázuriz erosionó la opción de Hernán Büchi y Enríquez-Ominami la de Eduardo Frei, pero ninguno de los dos es enteramente responsable de sus respectivas derrotas. Errázuriz pasó al Senado y luego se dedicó a sus empresas, con las dificultades ya conocidas; Enríquez-Ominami volverá a intentarlo. En el interior de las coaliciones, Sebastián Piñera sí fue responsable de la caída de un candidato ya instalado, Joaquín Lavín, a quien duplicó en primera vuelta el 2005 y lo dejó fuera de toda posible carrera para el 2009 y quizás para cuánto más. Es el único caso de un incumbente que haya derrotado a su competidor directo.

La categoría 1), la de los que creen posible romper el esquema bi-coalicional, es la más interesante, porque corresponde a un apetito que ha ido creciendo con el deterioro de las alianzas y especialmente de la Concertación, como ya lo demostró el caso de Enríquez-Ominami, líder indiscutible en este y el anterior tipo de retadores.

Sin embargo, la historia ha sido muy casquivana en estos casos. En 1993, José Piñera intentó refundar la derecha y obtuvo respetables 430 mil votos (6,18%), aunque muchos de ellos se explican porque la Alianza presentó a un candidato meramente formal ante lo que sabía que sería la avalancha de Eduardo Frei. En 1999, Arturo Frei quiso rasgar a la Concertación por la derecha y consiguió, con el inolvidable peor eslogan de la historia ( "uno como usted" ), escuálidos 26 mil votos (0,38%). En el 2009, Jorge Arrate trató de desgarrar a la Concertación por la izquierda y consiguió casi 100 mil votos más que el cura Pizarro (y 200 mil más que Gladys Marín). No se puede decir que ninguno de los tres haya retenido protagonismo después de esas aventuras.

En casi todos estos casos, las candidaturas resultaron devastadoras, por razones que van desde la política hasta las finanzas, pasando por la autoestima y las relaciones personales. Enríquez-Ominami, José Piñera, Arturo Frei y Jorge Arrate debieron romper muchos lazos históricos y enfrentar lo que vieron como deslealtades personales, aunque siempre depende del cristal con que se mire esto último. Los expertos electorales estiman que el costo de una campaña presidencial se cuadruplicó en 20 años (de 5 millones de dólares en 1989 a 20 millones de dólares en 2009, en dólares constantes de 2005), lo que quiere decir que nunca ha sido soportable para un candidato solitario.

Pero a pesar de estos costos altísimos, siguen proliferando los aspirantes a candidatos y los candidatos en serio. Esta tendencia puede decir algo acerca de las ambiciones y las limitaciones de tales personas. Pero quizás diga algo más fuerte acerca de las constricciones que el sistema político ha venido exacerbando, no ahora, sino desde hace ya varios años.



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