Ascanio Cavallo

 

Los primeros días de una instalación demasiado difícil

Mar. 21 , 2010

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Publicado en Reportajes de La Tercera, domingo 21 de febrero de 2010

Si el carácter de los gobiernos, como el de los niños, se delinea en los primeros días, entonces hay algunas noticias respecto de lo que será la administración de Sebastián Piñera. Una de las más resonantes la ofreció el presidente de la UDI, Juan Antonio Coloma, que dejó su tono usualmente conciliador para presentar la protesta de su partido por las designaciones de gobernadores y, de paso, criticar al Presidente por la retrasada venta de sus acciones en Lan.


Es un hecho inédito que, a sólo siete días de asumir el mando, el principal partido de la coalición de gobierno levante la voz con tanta dureza. Protestas similares, pero en sordina, se oyeron tras la designación del gabinete, de la cual los presidentes de los partidos fueron meramente notificados. El caso de los gobernadores es distinto: los partidos fueron consultados en paralelo con los parlamentarios, un enredo que sólo podría producir un aficionado. (El primer problema estalló tres días después, cuando se tuvo que revocar la designación del gobernador de Biobío, José Miguel Steigner, tras conocerse una serie de antecedentes judiciales que lo vinculan a la ex Colonia Dignidad).

Los dirigentes de los dos partidos relevantes coinciden en situar el origen de los problemas en el gabinete de ministros: la combinación de inexperiencia con falta de autonomía sería, en opinión de muchos, la explicación de las inusitadas dificultades de instalación que ha tenido el nuevo gobierno.

Ya es sabido que el Presidente designó a sus ministros al margen de los partidos y con la consultoría de algunos amigos y socios empresarios. La consigna fue la "excelencia". Pero al concebir la excelencia como competencia de gestión, dejando de lado la experiencia política, el Presidente ha terminado reservándose la política para sí mismo.

Primeros efectos

En lo inmediato, el resultado de esto es que al día de hoy hay decenas de nombramientos de tercer nivel (direcciones ministeriales, jefaturas de servicios, seremis y otros) estancados en la oficina del Presidente, que está aprobando personalmente todas y cada una de las designaciones. Como es natural, este sistema resta peso y capacidad de decisión a los ministros, en un ambiente, como es el del aparato del Estado, donde todo el mundo está pendiente de estas señales para saber cuánto manda el titular.

Cuando la Concertación ganó las elecciones en 1990, se enfrentó a un problema similar: cómo reclutar a varios cientos de funcionarios para los tres principales niveles del Estado. La solución fue concentrarse en algo más de 200 cargos claves y delegar en ellos los cambios restantes.

Hasta hace poco, el ahora ministro secretario general de la Presidencia, Cristián Larroulet, afirmaba que la administración de Piñera seguiría un modelo parecido.

Sin embargo, la evidencia muestra que -descontados los casos de gente que ha rechazado nombramientos por razones personales o laborales, que no son pocos- la lista de seleccionados no existía y que, más bien, ha sido improvisada con el correr de los días.

En un horizonte más largo, la falta de tonelaje político del gabinete y la decisión del Presidente de regular personalmente las relaciones con los partidos -tanto en las  reuniones de ministros como en las que ha sostenido con parlamentarios ha sido prácticamente el único orador-, entrañan el peligro de que él se convierta en el blanco móvil del gobierno.

Algo de eso se ha insinuado en estos días: nadie ha atacado a los ministros -ni al de Interior, Rodrigo Hinzpeter, que ha hecho su trabajo, ni a la vocera, Ena von Baer-, mientras que las críticas más ásperas han apuntado hacia Piñera, regresando una y otra vez sobre el problema no resuelto de las acciones de Lan y el control de Chilevisión. Peor aún, estas objeciones no han venido tan sonoramente de la oposición -que, con razón, ha preferido retirarse del primer plano para dejar espacio a las urgencias colectivas- como de los propios partidos oficialistas. Se puede estar abriendo allí una fisura de consecuencias muy serias.

Tampoco parece haber nadie en el gabinete con capacidad para representarle al Presidente el gravísimo peligro de erosión que estas situaciones envuelven. Fuera de la inculpación de la ministra Von Baer a la corredora de valores por la demora en Lan -una versión muy poco convincente-, el gobierno no ha mostrado ninguna preocupación por abordar estos problemas. En esto, el Presidente está solo y siguiendo su proverbial inclinación a jugar en los bordes.

La buena noticia es que al menos logró articular un paquete de medidas de corto plazo para hacer frente a los daños más imperiosos que causó el terremoto. Pero las inesperadas dificultades de instalación del gobierno pueden afectar también el desarrollo de esas medidas y, lo que es mucho peor, terminar hundiendo la aspiración de la excelencia en las aguas oscuras de la negligencia.



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