Ascanio Cavallo

 

Los estudiantes se disparan en los pies

Dec. 17 , 2011

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Publicado en Reportajes La Tercera, 17 de diciembre de 2011

Todos los indicios acumulados hasta el momento sugieren que el movimiento universitario se ha disparado en los pies. En dos de las tres principales federaciones de la Confech -las universidades de Chile y Santiago- triunfaron candidatos que hicieron campaña en contra de sus antecesores. Dos de los más importantes líderes juveniles del Partido Comunista, Camila Vallejo y Camilo Ballesteros, fueron desbordados por la izquierda y se les pasó factura por un sinnúmero de razones obtusas, desde el diálogo con el gobierno, hasta la aproximación del PC a la Concertación en el Congreso.

Los universitarios no son todo el movimiento estudiantil y, reducidos como han estado a un puñado de instituciones, no son ni siquiera su mayor parte. Pero son los que tuvieron el protagonismo y el liderazgo durante el 2011, los que defenestraron a un ministro de Educación y los que concitaron un respaldo inédito de la opinión pública.

Ningún movimiento con ese nivel de éxito destruye y humilla a su principal ícono, como ocurrió este fin de año con Camila Vallejo. A menos que sea arrastrado por un jacobinismo a la francesa, donde las segundas filas se comen a las primeras y luego entran en guerra interna por demostrar quién es más revolucionario. Que Vallejo haya permanecido en la vicepresidencia y la mesa se desviva por dar señales de unidad es un tanto irrelevante: lo que pasó el 2011 no justifica nada de ese resultado.

Por supuesto que todo puede cambiar y el movimiento recuperar su fuerza luego de lo que fueron ásperas campañas internas. Pero hasta el momento, no hay un solo indicio que permita suponer que el nuevo presidente de la Fech, Gabriel Boric, pueda superar a Vallejo en carisma, asertividad, seriedad, madurez o cualquiera de los atributos con que se suele medir a los líderes. Sólo en uno la sobrepasa con largueza: alcance retórico. Boric ha hablado profusamente de casi todas las superestructuras -para volver al viejo Marx-, pero poco y nada de educación. También esto puede mejorar, pero de momento uno sólo puede atenerse a los hechos presentes.

La particular gracia del movimiento durante el 2011 fue haber sido inclusivo hasta la anomalía, como era la de tener entre los aliados a los rectores universitarios y a los profesores secundarios, que en cualquier protesta estudiantil tendrían que estar en la vereda de enfrente. Al revés de eso,  los nuevos dirigentes han partido expulsando gente: al PC, a la Concertación, al bacheletismo, al laguismo, a los partidos, a los parlamentarios… Sus programas se definen mejor por el rechazo que por la propuesta, lo que -en eso tienen razón- incluso hace difícil calificarlos de "ultras"; sólo que ese rechazo incluye ahora a sus propios resultados.

Sería un error creer que la dirigencia del 2011 fue inclusiva sólo porque no sabía muy bien qué hacer. Al contrario, lo fue porque detectó que el sistema educacional había llevado a las clases medias, la franja más ancha de la población, a un estado de asfixia vecino con la injusticia. Percibió que en estas angustias latían, como en ningún otro tema, los sentimientos lacerantes de la desigualdad y el miedo al retroceso social. Por eso, sus peticiones iniciales fueron muy concretas, aunque la misma empatía pública las haya llevado después a otra escala de pretensiones, con sus secuelas de confusión y enredo.

El gobierno tardó mucho en entender que esas angustias eran reales y justificadas, pero ni el más obstinado deja de comprender que tiene que hacerse cargo de los problemas cuando ellos se expresan en ocho meses de descontrol de las calles. Y resulta obvio que, tras la tregua de las vacaciones, trate de anticiparse para evitar que el movimiento estudiantil se rearticule con las mismas demandas a partir de marzo.

De acuerdo con estimaciones gruesas del Ministerio de Educación, entre el incremento de 170 mil a 280 mil becas, la reprogramación de 110 mil morosos del Crédito Solidario y la rebaja a tasa de 2% en el Crédito con Aval del Estado, más de un 70% de las familias con estudiantes universitarios tendrá algún tipo de alivio. (El senador Camilo Escalona tiene un punto cuando dice que la diferencia entre el arancel de referencia que se usa para estos beneficios estatales y los aranceles reales obligará a las familias a seguir endeudándose, pero también es previsible que la proporción y la magnitud de ese problema disminuyan).

Los nuevos dirigentes universitarios pueden desear, como lo han dicho, radicalizar la presión sobre el gobierno, pero es difícil que puedan contar de nuevo con la batería de instrumentos con que los apoyaron los estudiantes secundarios. Tras un año de conflicto, ya resulta claro que en los colegios municipalizados -la única educación pública y gratuita que existe hoy en Chile- se profundizará la merma que venían sufriendo, sin tomas ni paros, en los últimos años. Peor aún, ello va a ocurrir mientras se discuta la desmunicipalización, un embrollo en el que hay casi tantas opiniones como personas y que no se resolverá, sino después de muchos meses de discusión.

El movimiento universitario cerró el 2011 con un gran triunfo: colocar el problema educacional en el centro de la agenda política. Esa victoria no carece, sin embargo, de abollones, entre los cuales no es nada menor la impresentable manera en que varias instituciones tradicionales están cerrando el año académico, procesos atropellados que no pasarían ningún estándar internacional.

Los daños colaterales pueden ser minusvalorados por el voluntarismo que siempre amenaza a las expresiones juveniles. Pero ni siquiera bajo ese prisma se puede creer que la negación de los líderes y las ideas que los llevaron adelante sea un hecho meritorio. Los pies de la Confech sangran, sin duda alguna.



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