La tormenta perfecta
Aug. 06 , 2011
Publicado en Reportaje La Tercera, 06 de agosto del 2011
Un fin de semana le bastó al flamante ministro Pablo Longueira para modificar el orden del gobierno. Está por verse si también modificará el rumbo, pero no se puede dudar de que ese es su propósito. Sus definiciones sobre la defensa de los consumidores, las regulaciones a las empresas, la concentración de la propiedad y, muy especialmente, una reforma tributaria, ponen en el centro del gobierno de Sebastián Piñera una desconfianza hacia el capital que había estado relegada a instituciones menores, como el Sernac. Ahora esas instituciones han adquirido un papel estelar.
No es claro que el cambio de gabinete haya modificado, por sí sólo, el decreciente aprecio público por el gobierno. La encuesta CEP publicada el jueves fue concluida cinco días después de ese cambio, pero sólo un 7% de su universo alcanzó a opinar en ese período, y los especialistas concuerdan en que el impacto de una operación política de este tipo sólo puede evaluarse en el mediano plazo.
La encuesta mostró que las visiones críticas sobre el gobierno -incluida la de Longueira, entre otras- no estaban descaminadas. Toda la clase política registra un serio deterioro, pero el del gobierno se parece mucho a un derrumbe, y La Moneda haría mal en consolarse con el deterioro colectivo. Piñera superó la marca de declinación que tenía Frei en el peor año de su gestión -con crisis asiática, racionamiento eléctrico, alto desempleo- y en ese entonces la oposición no se veía muy fuerte, pese a lo cual estuvo a punto de ganar la elección con Joaquín Lavín.
De momento, lo que el ingreso de Longueira al gabinete ha relevado es la existencia de dos almas en el oficialismo, algo que se intuía desde la campaña electoral, pero que el Presidente había silenciado al prescindir de los partidos en la nominación de sus ministros. Esa división quedó de manifiesto en el debate soterrado sobre la reforma tributaria: los dirigentes del empresariado fueron testigos, esta semana, de cómo el ministro de Hacienda, Felipe Larraín, aseguraba que ese tema era propio de su cartera, mientras que horas después el de Economía decía que era exclusivo del Presidente. Ambas son verdades a medias: Hacienda no puede decidir por sí una reforma que sacude a la totalidad de la economía, y el Presidente no la emprendería sin el consentimiento del jefe de su equipo económico.
Por lo tanto, lo que ha entrado en discusión, con una velocidad que nadie habría imaginado, es quién es el jefe del equipo económico. Esto no ocurría desde hace 27 años, en pleno régimen de Pinochet, cuando Modesto Collados impuso la preeminencia de Economía sobre Luis Escobar Cerda, el titular de Hacienda. Con todas las diferencias que la historia impone, hay dos semejanzas centrales: Pinochet estaba en problemas y el gobierno hacía desesperados esfuerzos por contener las presiones sociales.
Como entonces, las dos almas se separan en la subordinación de la política a la economía, o viceversa. En una orilla se sitúan los guardianes de la ortodoxia, los que confían en la sabiduría del mercado y en el camino lento al desarrollo. En la otra, los que miran las razones de la impopularidad, los desequilibrios flagrantes y la urgencia de las necesidades populares. No es una división entre la UDI y RN; es una trizadura que cruza de manera transversal al oficialismo, y que está deteriorando velozmente sus lealtades internas. Nadie habría podido predecir que un desgarro semejante al que vivió la Concertación -flagelantes y complacientes- se reproduciría en un gobierno de centroderecha.
Pero así están las cosas. La incapacidad del gobierno de interpretar lo que está sucediendo lo ha ido empujando hacia una segunda inhabilidad, la de controlar la estabilidad de su proyecto político. Hay muchos indicios de que el Presidente se ha inclinado más hacia la posición de Longueira que a la de su primer gabinete, pero para eso habrá de aceptar la erosión de una de sus bases de sustentación, el empresariado y la derecha del liberalismo económico, sin la certeza de capturar a cambio la simpatía de otros sectores.
Peor aún, la tensión sobre la conducción económica es sólo una parte de sus problemas, y quizás ni siquiera la principal. Caídas las consignas iniciales de la eficiencia estatal y la "nueva forma de gobernar", empiezan a abrirse otras preguntas. El jueves puede haber sido en esto un día crucial: Santiago y otras 11 ciudades fueron sacudidas por las manifestaciones estudiantiles, y aunque el dispositivo represivo ganó lo que después de semanas de vacilaciones definió como el objetivo principal -el bloqueo de la Alameda- no se puede decir que haya obtenido el control del orden público, ni menos la desmovilización de los estudiantes. Por la noche recibió un cacerolazo como no lo había desde mayo de 1983, en el inicio de las protestas contra Pinochet. Alguien no está entendiendo la centralidad del problema educacional, y ese no parece ser el recién llegado ministro Bulnes.
El mismo día cayeron los mercados mundiales, la Bolsa local y el precio del cobre. Si la sombra de una recesión internacional se amplía como ha ocurrido en estos días, ¿de qué manera la enfrentará un gobierno con dos almas, con los aletazos de ahogado de 1983 o la parsimonia autodestructiva de 1999? ¿Con Felipe Larraín o Pablo Longueira?
Descontento social, disensiones políticas, amenazas económicas. ¿Cómo consigue un gobierno esta tormenta perfecta en sólo 16 meses?




