La oposición más débil
Mar. 11 , 2010
Publicado en La Tercera, 11 de marzo de 2010
Sebastián Piñera asume la Presidencia de la República con la oposición más debilitada que haya tenido cualquier mandatario en los últimos 20 años. Una parte de esta debilidad se debe, por supuesto, a la derrota electoral. La otra, la mayor, se debe al terremoto, que dio un abrupto sentido al hasta entonces vacío e inopinado llamado a la "unidad nacional" formulado por Piñera después de su victoria.
Lo que entonces intentaba el Presidente electo era crear una épica para su gobierno: la épica de que había carecido la campaña electoral, más cargada al repertorio de ofertas que a las grandes ideas. Aunque hubiese ganado con esas mismas herramientas -que, también usaron sus competidores-Piñera intuía que el primer gobierno democrático de derecha en 50 años necesitaba algo más que un paquete de promesas. Necesitaba una misión. Y, crudamente dicho, no la tenía.
En la madrugada del 27 de febrero adquirió todo de golpe: misión, épica y necesidad de unidad nacional. Y una oposición dispuesta a ayudar.
La misma Concertación que antes del 27 de febrero amenazaba a sus militantes que quisieran participar en el nuevo gobierno, ha tenido que alentarlos a colaborar en los días posteriores. Los mismos presidentes de partidos que se preparaban para ejercer una contención dura desde el Congreso tuvieron que ir a la casa del Presidente a sellar un acuerdo para la emergencia. Los que criticaban el sesgo gerencial del nuevo gabinete han tenido que admitir que la necesidad del momento es una gestión eficiente.
Nada de esto significa que lo vaya a tener fácil. Entre los debutantes que no conocen el aparato del Estado y los funcionarios desalentados por la catástrofe, el nuevo gobierno tendrá que responder a un sinfín de expectativas. Nunca habrá sido más cierto que los primeros 100 días serán una prueba de fuego.
Y lo serán también por la inevitable comparación con la Presidenta Michelle Bachelet, cuya popularidad continuó en las cumbres después del terremoto. En más de un sentido, este resultado refleja la naturaleza paradójica y ambivalente de su popularidad: mientras zozobra la Concertación y los jerarcas del gobierno salen manchados con las acusaciones de mal manejo de la crisis, Bachelet ha permanecido indemne, como si el ejercicio de la política y la gestión de gobierno le fuesen ajenos.
No es posible aventurar si tal indemnidad será de larga duración o comenzará a erosionarse a muy poco andar, como le ocurrió al Presidente Lagos. El gobierno de Bachelet no cauteló la figura de Lagos -más bien al revés-, a pesar de que era su gestor indirecto. Como es obvio, el de Piñera no protegerá la imagen de Bachelet, aunque probablemente cometería su primer error si intentase forzar su desaparición del primer plano. Entre otras cosas, porque para el traspaso del mando dejó de ser importante el cambio de los estilos, y en su lugar se ha instalado un cambio de las necesidades.
Los atributos que se asocian al fenómeno de popularidad de Bachelet son bien conocidos -la solidaridad, el afecto, la empatía, la calidez- y pueden ser propios de un cierto clima social (como el que se expresó el 2005), pero no son intrínsecos ni de la política ni del Estado. Es lo que quedó al desnudo con el terremoto: la Presidenta invirtió su capital personal para ejercer la contención que en ese momento necesitaba un país angustiado; pero otra cosa es lo que se necesita para la reconstrucción.




