Ascanio Cavallo

 

La "agenda terremoto"

Mar. 14 , 2010

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Cada minuto que pasa se han hecho más nítidos los efectos positivos que el terremoto del 27 de febrero ha tenido para el comienzo del gobierno de Sebastián Piñera. Incluso, en términos de imagen externa, las réplicas en medio de la ceremonia de traspaso de mando cambiaron el eje de la prensa mundial desde la desgracia hacia el coraje de los chilenos y la integridad institucional del país. También le dieron al Presidente la oportunidad de ofrecer una sucesión de señales -desde el viaje con casco a Rancagua hasta la reunión de gabinete que terminó pasada la medianoche- respecto del control de la situación.

Sentido de urgencia, misión, unidad nacional, lista de tareas, alcances épicos, todo lo que no tenía antes del 27 de febrero, se creó de inmediato con el galope del cataclismo. Como paradoja puede sonar algo cruel, pero no cabe duda de que el desastre produjo el más importante cambio político de las últimas décadas.
Hay ya evidencia de que el nuevo gobierno comprendió que la "agenda terremoto" le es favorable y que tratará de mantenerla vigente cuanto le sea posible, cuidando, al mismo tiempo, que los signos de recuperación sean rápidos en algunos sectores críticos. Este fue el sentido de las instrucciones específicas que dio a los ministros de Educación, Salud y Vivienda. No mostrar rapidez y eficacia en las soluciones más urgentes es también un riesgo que tratará de evitar por todos los medios.

El Presidente estimó las pérdidas en 30 mil millones de dólares, una cifra que la mayoría de los analistas considera exagerada o extrema, y que supera en cinco mil millones el total de las reservas internacionales de Chile. Como quiera que sea, el Jefe de Estado se situó en el máximo de todas las estimaciones conocidas, lo que es un indicio elocuente de su intención de no desdramatizar ni un ápice de la crisis.
La manera en que financiará esta pérdida, agregó, es una prudente combinación entre ahorros, créditos y ajustes al presupuesto 2010. Esa combinación tendrá que poner atención al principal riesgo del momento, un rebrote inflacionario -derivado de la escasez de algunos productos y la inyección de recursos públicos- que traspasaría parte del costo a los sueldos, pero que al mismo tiempo despertaría, a mediano plazo, al principal fantasma de la administración Piñera: las presiones sociales.

El Presidente dispone de los equipos técnicos y los conocimientos para contener el riesgo inflacionario, aunque la nueva oposición se prepara para vigilar esta evolución como uno de los principales indicadores de cuáles son sus reales intenciones.

Pero, en verdad, la mayor inquietud de la Concertación son, por ahora, las modificaciones a la ley de presupuesto -que significarán transferir gastos ya aprobados de un sector a otro- y las facultades que el Presidente solicite dentro de los proyectos de reconstrucción.

Arrinconada como está por la necesidad de dar al gobierno un respaldo que no había previsto, la nueva oposición tiene poco espacio mientras la "agenda terremoto" mantenga el protagonismo (otra razón para que el gobierno quiera prolongarla). La Concertación tiene entre ceja y ceja la inclinación privatizadora del gobierno y la inocultable simpatía que tendría el gabinete por abrir más espacio a los empresarios. Está atenta a la experiencia de Hernán Büchi, que después del terremoto de 1985 lanzó el más extenso y masivo programa de privatizaciones de todo el régimen militar.

Sus principales dirigentes se preparan para el ingrato escenario de decirle que no a un Piñera reforzado con las necesidades de la emergencia. Ello tendrá que ocurrir, dicen, si se presenta un intento abierto por privatizar Codelco o Enap, o adoptar medidas similares. Pero muchos no creen que el gobierno vaya a correr el riesgo de rechazo, y temen que sus intervenciones serán más delicadas: por ejemplo, dentro de un paquete de proyectos de reconstrucción, o simplemente por las vías administrativas.

A pesar de su estado de inusual debilidad, la Concertación consiguió una posición de fuerza al asegurar los cuatro años de la presidencia del Senado. Es un punto importante, no sólo porque se trata de la segunda dignidad del Estado, sino también porque representa una señal de la voluntad de supervivencia del conglomerado de centroizquierda, en un momento en que su destrucción ha sido anunciada en forma repetida.
Irónicamente, a pesar de su éxito electoral, la Coalición por el Cambio logró solamente un acuerdo con un aliado volátil (el PRI) para la presidencia de la Cámara de Diputados. Como consecuencia de estos dos movimientos, la posición del gobierno frente al Congreso es menos fuerte de lo que se podía prever tras las elecciones.

Esto hace suponer que la agenda legislativa será magra y cautelosa, excepto en aquello que pueda revestir con la "agenda terremoto". También en esto, en la base de la gobernabilidad representada por la capacidad de dictar leyes, el desastre del 27 de febrero empieza a convertirse en el principal activo del nuevo gobierno.

Como para no creerlo.



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