Instituciones bajo tensión
Oct. 29 , 2011
Publicado en Reportajes La Tercera, 29 de octubre del 2011
"Las instituciones funcionan" fue una frase favorita del ex Presidente Ricardo Lagos. La invocaba con abierta satisfacción, como si tradujese tanto su orgullo por la estabilidad impersonal del país como algo esencial de su propia vocación republicana. Por eso tenía que ser Lagos quien terminara de lapidar al senador PPD Guido Girardi afirmando que "no se estuvo a la altura" en el episodio de la toma del ex Congreso.
A decir verdad, el balance de las actuaciones de Girardi en ese incidente muestra un perfecto desastre. El oficialismo -ministros y parlamentarios- se dio un festín promoviendo la censura y la destitución del presidente del Senado. Cambió el centro de la agenda desde la discusión del presupuesto de educación hacia la conducta antiinstitucional de algunos sectores de la oposición. Mandó una nueva señal acerca de lo que espera de las autoridades de todo tipo frente a las alteraciones del orden público, algo que venía tratando de hacer sin éxito desde hace meses. Y cubrió con un manto de dudas la legitimidad de Girardi para presidir la Cámara Alta en los pocos meses que le quedan. Es una venganza ejecutada con impiedad, porque Girardi ha sido un negociador importante con el gobierno en no pocos proyectos de ley.
En contrapartida, el senador no ganó nada. Se puso en el centro de una nueva tensión en la Concertación y confirmó lo que probablemente ya sabía: que los otros partidos le profesan poco afecto, en especial la DC. No obtuvo ningún respaldo significativo y el desfile de parlamentarios afines mostrándole su solidaridad ha sido una respuesta pobre, del tipo "era que no"; incluso su requerimiento de que lo visitara la directiva en pleno del PPD terminó con una modesta concurrencia protocolar de la presidenta Carolina Tohá. Los mismos grupos que ocuparon el ex Congreso lo consideran parte del "entreguismo concertacionista", no dejan de recordar que fue "socio" del laguismo y algunos han reflotado el incidente en que amenazó a un carabinero para evitar una multa de tránsito.
El oficialismo puso énfasis en el hecho de que Girardi no convocase a la fuerza pública para desalojar la ocupación; esto no tiene consenso en la oposición, muchos de cuyos dirigentes estiman que el desalojo forzoso de un recinto pequeño podría haber empeorado las cosas. En la Concertación hay más enojo por la falta de condena de Girardi al acto de fuerza que supuso la acusación, lo que obligó al presidente del Senado a un ejercicio de gimnasia retórica entre lunes y miércoles. Sólo unos pocos han objetado el hecho de que el desalojo se lograse luego de que algunos parlamentarios firmasen con los ocupantes el compromiso de promover sus deseos -para este caso, los plebiscitos vinculantes. En esto Girardi no estuvo solo, pero estuvo en la condición de segunda autoridad de la República.
Los ocupantes forman parte de los numerosos vagones de cola del movimiento estudiantil. Imitan a los "indignados" españoles, a los estudiantes chilenos, a los anarquistas italianos, a los piqueteros argentinos, a los cocaleros bolivianos, en fin: nada muy original. A la espera de una sociología de esos grupos "ciudadanos", sólo cabe apreciar sus efectos.
Lo que estos grupos han interpretado con éxito es el sentimiento extendido de que algunas instituciones no están funcionando. No la democracia, porque, por lo general, claman por más democracia, aunque no una representativa, sino esa asambleística y vociferante donde siempre se han hermanado el fascismo con el ultraizquierdismo.
Esta manera de pensar -como quiera que se la juzgue- es una respuesta a la crisis de representación, que en el caso chileno se radica principalmente en el Congreso y secundariamente en un gobierno que parece haber perdido la frágil mayoría con que llegó a La Moneda. Aunque comparar encuestas con elecciones es un ejercicio incorrecto, sí es notorio que la administración Piñera olvidó el breve margen de su victoria en cuanto asumió el poder, lo que puede ser una explicación de todos sus tropiezos.
En cuanto al Congreso, parece evidente que, alcanzado un cierto empate entre las fuerzas principales -centroderecha, centroizquierda-, el sistema que lo hizo posible, el binominal, está ya exhausto y es percibido como la forma en que la clase política se autorreproduce y bloquea tanto la renovación como la inserción de nuevas minorías significativas. Las razones que dieron origen al binominal -protección de las minorías, estabilidad política, necesidad de negociación- están, si no extinguidas, muy debilitadas.
Los políticos enfrentan este panorama con dos actitudes, al margen del partido al que pertenecen. Una es la de defender las normas, el orden establecido y los mecanismos para reformarlo, con arreglo a unas convicciones acerca de lo que es correcto y lo que es permisible, a pesar de que ambas cosas han sido puestas en discusión en las calles. La otra es la de sumarse a la interpelación social que se hace contra ellos mismos, por conveniencia o por otro tipo de debilidad, reinterpretando el origen de su propia legitimidad, esto es, tratando de representar a los que aún no votan (los estudiantes) o a los que no votaron por ellos (los movimientos contestatarios).
Ninguna de las dos posiciones está libre de oportunismo y cálculo. La política parlamentaria siempre tiene mucho de eso. El caso es que ninguna de las dos está ofreciendo una respuesta a las demandas sociales, y en especial a la más importante, la de la educación. El gobierno no ha aceptado el cambio de lógica que le pide el movimiento estudiantil y el Congreso ni siquiera ha sido capaz de ordenar las prioridades. ¿Por qué extrañarse de que las movilizaciones superen ya los cinco meses, que el orden público se vea frecuentemente desbordado y que Girardi actúe como lo hace?




