El PC tiene la llave
Nov. 12 , 2011
Publicado en La Tercera, 12 de noviembre de 2011
El PC tiene ahora la posibilidad de correr las fronteras hasta donde había llegado la Concertación, pero también de controlar las expectativas de los estudiantes para convertirlas en triunfos políticos y no en meras concesiones rodeadas de plañidos sobre lo que pudo ser y no fue.
El acuerdo tripartito entre la Confech, la Concertación y el Partido Comunista para enfrentar en conjunto el debate presupuestario sobre educación ha venido a modificar sustancialmente el panorama político para las pocas semanas que restan del año. En trazos gruesos, parece un acuerdo beneficioso para todas las partes, incluso para el gobierno, si sabe calibrarlo de una forma adecuada, un talento que hasta aquí no ha podido exhibir.
Para el movimiento estudiantil, el principal beneficio es salir de la lógica maximalista, dentro de la cual sólo podría adquirir hegemonía el ultrismo, entendiendo por éste a los grupos cuyas metas están más allá del cambio del modelo educacional -y de las instituciones que lo limitan- y apuntan derechamente a la desestabilización del gobierno. Al llevar el movimiento a la política, y no sólo a la calle, la Confech podría reforzar el respaldo público que se venía deteriorando por el encajonamiento de sus posturas.
El movimiento universitario arriesgaba caer en la banalización o en la falta de resultados, como les ha ocurrido a muchos -incluido el mayo francés de 1968- que no llegaron a ser más que el objeto de la nostalgia de sus protagonistas. Peor aún, se exponía a ser culpado de un retroceso violento en la educación pública, tanto por el éxodo de estudiantes, como por los severos daños a la infraestructura. Municipios y universidades estatales que ya afrontaban déficits podrían desplomarse antes de iniciarse el año académico 2012.
Ninguna de las dos cosas queda resuelta por el solo debate presupuestario: ni la demanda de reformas concluye allí ni las instituciones educativas en estado crítico se salvarán por eso. Pero excluirse de esa discusión llevaría a la Confech a cargar con responsabilidades que no desearía.
La Concertación también tiene espacio para ganar. Lo primero es recuperar algo de la confianza de los estudiantes, quienes la acusan de traición contra el movimiento "pingüino" de 2006, una evaluación que deriva de la difícil negociación de los proyectos de reformas hacia fines del gobierno de Bachelet. Lo segundo es mostrar alguna capacidad de articulación entre su autonomía política y las demandas callejeras, sin que sus actuaciones parezcan mero oportunismo.
Por si fuera poco, los parlamentarios de la Concertación tienen, por primera vez durante este gobierno, la posibilidad de ejercitar su capacidad de negociación con el respaldo de las aspiraciones de una mayoría verificada y sólida. Después del castigo continuo que ha sufrido su reputación, es toda una oportunidad, a pesar de que deba reflotar todas las habilidades que parece haber perdido desde marzo del 2010.
Pero la llave del conflicto está en manos del PC, cuya pequeña fuerza de tres diputados -con el control de Guillermo Teillier- se convierte en crucial cuando está reforzada por los liderazgos de la Confech y el Colegio de Profesores. Esta posición no tiene nada de extraño. Los comunistas son la única fuerza política chilena que cumple décadas trabajando en el mundo de la educación y teniéndola en el centro de sus programas. En la Concertación no hay nada parecido -sólo los radicales y la DC tienen algún capital especializado- y mucho menos en la derecha, cuyos buenos expertos han sido siempre marginales en sus partidos. Tanto, que ninguno de ellos llegó a encabezar el Ministerio de Educación en el gabinete de Piñera.
El PC tiene ahora la posibilidad de correr las fronteras hasta donde había llegado la Concertación, pero también de controlar las expectativas de los estudiantes, para convertirlas en triunfos políticos y no en meras concesiones rodeadas de plañidos sobre lo que pudo ser y no fue: la penosa manera en que, con raras excepciones, la Concertación ha venido explicando sus decisiones en este campo.
La cuestión es estratégica. De obtener resultados exitosos, el PC podría alterar la situación subalterna que ha tenido no sólo durante la oposición a Piñera, sino en todos los eventos presidenciales y parlamentarios anteriores. El PC en ruinas que dejaron los anteriores secretarios generales podría recuperar algo de su fuerza histórica. Sería una paradoja -pero no un desastre- que lo hiciera con un movimiento de clases medias, como ha sido el de los estudiantes, y no con el proletariado o la marginalidad a los que quiso representar en el pasado.
Queda el gobierno. La Moneda ha tardado mucho en comprender la radicalidad del movimiento que se levantó ante sus narices. Infatuó a un ministro. Puso al borde de la renuncia a su sucesor. Los estudiantes no confían en la palabra del Ejecutivo. La oposición, lo mismo, con el astuto timbre de la "letra chica". La población, algo parecido, si se juzga por su baja aprobación. Incluso, algunos de sus altos funcionarios se suelen exasperar con su tendencia a negociar en los límites.
Se ha convencido de que el movimiento estudiantil está dominado por los ultras. Y en nombre de ese análisis cree que la Confech sólo ha entrado al Parlamento para mejorar su imagen y que luego regresará el ultrismo. Prepara, con ese enfoque, una profecía autocumplida, a pesar de que el ministro Bulnes ha introducido modificaciones significativas en las propuestas iniciales del gobierno. La sigla PC les produce, a muchos de sus dirigentes, desórdenes intestinales. Pero ahora tienen al frente a interlocutores visibles, predecibles y generalmente ordenados. Todo aquello que han añorado en seis meses, 40 marchas y unas 5.600 movilizaciones. El colmo de la ineficacia política sería ver una oportunidad sólo como una nueva amenaza.




