¿El partido del Presidente?
Nov. 26 , 2011
La situación más rara que enfrenta el gobierno de Sebastián Piñera no es el movimiento estudiantil, ni la negociación del presupuesto, ni la actitud de la oposición, sino el estado de conmoción cismática que vive el partido del Presidente. Peor aun, La Moneda carece de control sobre él. Cuando eso le ocurrió a la DC, el Presidente Eduardo Frei Montalva se presentó de noche en una junta general en Peñaflor y provocó la renuncia de la directiva, iniciando el fraccionamiento que se llamaría Mapu.
La comparación es pertinente, porque a fines de los 60 la directiva de la DC decidió adoptar la política del "apoyo crítico" a su gobierno, que Frei consideró intolerable. Y esto es más o menos lo que, sin marco teórico, ha venido haciendo el presidente de RN, Carlos Larraín, con parte de su directiva. Claro que tampoco hay que exagerar: Larraín no ha llegado a bloquear ninguna iniciativa importante del gobierno; ha sido más un tábano que un toro.
Pero esta conducta ha levantado un vistoso movimiento de resistencia a su gestión, que tiene convulsionado al partido y al gobierno. Los "disidentes" no son un solo grupo, sino varios, pero el de mayor peso, el que lidera Daniel Platovsky -donde figuran varias personas próximas al Presidente-, exige que Larraín no sea disidente del gobierno y que dé testimonio de fidelidad, evitando las críticas públicas.
Hay tres controversias superpuestas en este embrollo, que explican su rápido escalamiento hacia una crisis política. La primera es el argumento (o el pretexto, según de dónde se mire), la segunda es la funcional y la tercera es la de fondo.
El argumento "disidente" es que Larraín exhibe su falta de adhesión al gobierno criticando sus proyectos, impugnando al ministro Rodrigo Hinzpeter, peleando con el "segundo piso", resistiendo las reformas liberales, en fin: molestando.
No hay que ser adivino para percibir que la sintonía entre el Presidente y Larraín es, si no nula, escasa. El timonel de RN viene de una matriz agrario-católica, una especie en extinción que él se encarga de subrayar con sus anacronismos y su gusto por los refranes. Su vocación integrista no puede avenirse con el pragmatismo de Piñera. Larraín vive la política con un sentido misional que está en las antípodas del espíritu competitivo del piñerismo. Larraín no puede ser incondicional a Piñera porque eso violentaría su identidad. De modo que el argumento tiene una base en las distintas genéticas políticas de quien ocupa La Moneda y quien manda en la sede de Antonio Varas.
La segunda controversia -la funcional- tiene que ver con el control del partido. Desde que llegó a presidir la directiva, en el 2006, Larraín se ha dedicado a cooptar a militantes y dirigentes con la dedicación de un orfebre infatigable. No hay dos opiniones respecto de que el presidente de RN controla sin contrapesos el consejo general, puede arrasar con cualquier desafío interno y probablemente ganaría cualquier elección interna con la institucionalidad actual. Los "disidentes" leen esto como la victoria, no de la vocación, sino del clientelismo y de la máquina partidista, y agregan a modo de evidencia que ellas terminaron por favorecer al propio Larraín con su designación sin discusión como senador en reemplazo de Andrés Allamand.
En esto, Larraín empieza a pagar, posiblemente, el costo de las directivas que se prolongan por demasiado tiempo, hasta dejar a sus adversarios sin más caminos que la descalificación o la ruptura. Todos los partidos maduros han pasado por esa experiencia. Para la disidencia, la directiva y el consejo general han perdido legitimidad. Lo que exigen es rebarajar el naipe institucional.
El tercer debate, el más importante, es anterior y superior a los otros dos. En RN se vuelve a producir el choque de dos sensibilidades que lo persigue desde su fundación: la liberal y la conservadora. A decir verdad, el ala liberal nunca ha logrado el control real del partido. Aunque sus figuras lo presidieron por 12 de sus 24 años (Ricardo Rivadeneira, Andrés Allamand, Alberto Espina y Sebastián Piñera), en gran parte de esos períodos estuvieron bajo la tutela de Sergio Onofre Jarpa, el empresariado tradicional o los ex funcionarios de Pinochet. Piñera tuvo que zafarse de todo eso a lo largo de dos extenuantes décadas para llegar al gobierno.
En cierto modo, el ascenso de Carlos Larraín a la presidencia de RN fue una expresión del cansancio del ala liberal tras esa larga disputa. Larraín no estaba entre los padres fundadores de RN, entraba tarde en la política y sus pergaminos eran grandes votaciones como concejal, que le permitieron ser el tábano de las alcaldías UDI de Joaquín Lavín y Francisco de la Maza. Notables resultados electorales. Pero en Las Condes.
No parecía una amenaza para nadie. No es un intelectual, no es un estratega, no es un negociador; es un hombre con una gran vocación de servicio, pero sobre todo de servicio a sus propias convicciones. A pesar de eso, consiguió un triunfo nada despreciable: fue el primer presidente de un partido de derecha que instaló a un Jefe de Estado desde los años 20. El caso es que ese Presidente no piensa lo mismo que él y no habla su mismo lenguaje. Y que, además, el partido se convirtió en la tienda del desorden al mismo tiempo que su socio, la UDI, volvió a ser el grupo disciplinado y previsible que siempre fue después de las llegadas de Andrés Chadwick y Pablo Longueira al gabinete.
Los "disidentes" creen que el dirigente excéntrico, decimonónico (¿habrá un político más conservador hoy en Chile?) y de pocos filtros que ven en Larraín contamina al gobierno con un conjunto de valores e imágenes que no desean.
Lo que es peor, piensan que él cierra el camino a la renovación de la derecha bajo banderas liberales y que terminará por perjudicar la opción de un nuevo mandato presidencial para un hombre del partido.
Ese hombre es, por ahora, Allamand, el que tiene la pole position en las encuestas. Todos dicen defenderlo y todos se muestran decididos a promover su opción para el 2013. Pero lo que los partidos lógicos hacen cuando tienen esas perspectivas es unirse, no fragmentarse. Y ahora RN parece encaminarse, como si sintiera un irresistible llamado atávico, a ser otra vez el partido más ilógico de la política chilena.




