El fantasma Bachelet: ¿Para qué y con quién?
Oct. 22 , 2011
Publicado en Reportajes de La Tercera 22 de octubre, 2011.
Lo que está en las calles exige radicalidad, ruptura, ideas nuevas. Otra retórica. Un portafolio esquivo para cualquiera que represente alguna forma del pasado, aunque sea reciente.
¿Qué habría pasado si Eduardo Frei hubiese ganado las elecciones de 2010? ¿Habría estallado con tanta fuerza el movimiento estudiantil? ¿Se habrían extendido las protestas callejeras por más de cinco meses? ¿Existiría el clima de desgobierno que empieza a caracterizar a la administración Piñera?
Se puede repetir estas mismas preguntas con Michelle Bachelet. Cuando se oye a los dirigentes estudiantiles decir que los "pingüinos" del 2006 cometieron un error con detener sus movilizaciones (versión blanda) o que fueron "engañados" (versión dura), se tiene un principio de respuesta. Es lo que implicaba el senador PPD Ricardo Lagos Weber cuando dijo, en un seminario de Chile 21, que la ex presidenta no está al margen de la interpelación estudiantil a la clase política. Ni siquiera con la popularidad que le asignan las encuestas.
Esto es un anatema en algunos sectores de la Concertación. Son los sectores que han traducido el shock de la derrota en tres reacciones psicopolíticas: ansiedad, apelación al sentido común (las encuestas) y un agudo impulso de contradicción. Como consecuencia de este clima, la Concertación está dividida y deprimida. Respira gracias al poderoso oxígeno de su pasado, pero se ahoga cuando trata de vislumbrar su futuro. La sonrisa que logra con el deterioro del gobierno se convierte en mueca cuando mira el suyo. La frustración, como decía un prócer español, genera melancolía.
Las expresiones de ese estado melancólico son dos. Por un lado, la Concertación ha llegado a dudar de que sea el principal grupo opositor y por lo tanto de su capacidad para liderar y conducir la contradicción con el gobierno; es más rehén de las demandas callejeras que una alternativa de respuesta a ellas. Ha llegado a ser el vagón de cola del movimiento estudiantil, que, con su olímpico desprecio, confirma su penosa ausencia de liderazgo.
Por el otro, tiene más candidatos presidenciales que proyectos. La lista es curiosísima: Michelle Bachelet, Andrés Velasco (proclamado primero por Camilo Escalona y por sí mismo después), Ricardo Lagos Weber (por otros), José Antonio Gómez (por sí mismo), Fulvio Rossi (por si acaso) y otros tantos que se consideran cartas tapadas, a la espera de que el fantasma Bachelet mantenga o abandone su estado inmaterial.
Pero Bachelet no puede sino mantener ese estado, so riesgo de entrar en la trifulca en que se ha convertido la relación entre la clase política y las demandas sociales. Falta tiempo para determinar si esta disociación venía de antes o fue catalizada por el gobierno de Piñera. Lo que sabemos es que -con el apoyo de su escasa inteligencia interpretativa-, estalló durante el primer gobierno democrático de derecha en medio siglo; es decir, tenemos una idea de cuándo comenzó, pero no de cuándo ni cómo terminará. Y menos aun de si Bachelet u otra figura concertacionista podría realmente ponerle fin.
Esta incertidumbre se multiplica si para el 2013 entran al padrón -por voluntad propia o por la inscripción automática, otra de las formas de la clase política de abdicar de su tarea y traspasarla al Registro Civil- los 4,7 millones de chilenos que hoy no votan: más del 50% de los que sí votan. Nadie sabe si para esos abstinentes tienen algún sentido los numerosos candidatos de la Concertación y los no menos numerosos de la Alianza. Bachelet correría con ellos más riesgo del que tuvo Frei el 2010.
Todas estas cosas tienen a la Concertación entrampada entre los que quieren proclamar pronto a la ex Presidenta (el PS, una parte de la DC) y los que quieren discutir primero un programa y una política de alianzas (el PPD, el PRSD). Hay que decir que el diputado PPD Pepe Auth disminuyó un poco la posición de su partido, al declarar que tanto el programa como el candidato propios serían "para negociar". Y que el PS y la DC han hecho gala de un cierto gatopardismo al anteponer la unidad estratégica al debate de los contenidos.
No es todo. Incluso en el caso de que los apurados convencieran a los reticentes, quedaría por resolver qué sería el bacheletismo en el nuevo cuadro político. Uno de los apurados, el ex ministro Francisco Vidal, ha culpado de la derrota electoral a su compañero de gabinete, el ex ministro Andrés Velasco. Indiferente a ese embate, y sabiendo que Vidal no se representa sólo a sí mismo, Velasco se ha declarado dispuesto a ser candidato si Bachelet no se presenta. Quizás no esté tan apurado, pero su gesto es una manera de apurar a la ex presidenta.
Vidal acusa a Velasco por decisiones que fueron de gobierno. O Bachelet las apoyó, o fue manipulada por su ministro de Hacienda. Nadie se mete en esto. Es terreno minado. Es el tipo de sinceridad que la política rehúye. Pero ahora es más difícil. ¿Cómo podrían estos dos ministros que han llegado a representar públicamente las dos almas de la Concertación perdedora, convivir bajo el alero de Bachelet?
Los apurados tienen una respuesta rápida: ella arbitraría, como lo hizo en su gobierno. Pero esto no es verdad, o por lo menos es una verdad extraña. Bachelet no arbitró de una manera explícita, como lo hicieron Aylwin, Frei y especialmente Lagos, sino que lo hizo (si se quiere entender eso) por omisión, distanciándose de los partidos y entregando las decisiones a un imprecisable circuito de confianzas personales. Su popularidad se explica mejor por ese delicado y ambiguo vaivén que por la claridad o la vehemencia programática.
Quizás esta manera de administrar las controversias sea un rasgo de la política en el nuevo siglo. Pero lo que está en las calles exige a los candidatos otras cosas: radicalidad, ruptura, descanonización. Ideas nuevas. Otra retórica. Sensación de claridad. Hoja de ruta. Mirada al futuro. Un portafolio esquivo para cualquiera que represente alguna forma del pasado, aunque sea reciente.R




