El callejón de los estudiantes
Nov. 05 , 2011
Publicado por La Tercera, 05 de noviembre de 2011
El movimiento estudiantil comenzó a fisurarse más o menos el 25 de agosto pasado. Esto no es una expresión de deseos ni un pronóstico fatalista. Es sólo la constatación de hechos. Ese día, en la Alameda poniente, un grupo de manifestantes se puso de espaldas a un piquete de Fuerzas Especiales y se enfrentó a otro grupo (de "encapuchados" ), intentando detener lo que sería una batalla. Pareció que el grupo "pacífico" lo conseguiría, pero pocos minutos después, estalló la trifulca, con bríos renovados.
No hay una relación causal estricta entre este incidente y el posterior predominio de los sectores radicalizados en la Confech. Pero es un síntoma y un símbolo del callejón en que ha ido entrando la parte universitaria del movimiento estudiantil, que es también su hegemónica. La sucesión de hechos posteriores marcha por la misma oscuridad. El último jalón es el debate sobre la apertura del segundo semestre (¡en noviembre!), el reinicio de las clases y el cese de las tomas. Aquí se enfrentan, de nuevo, los que quieren normalizar el año, aun en condiciones muy anormales, con los que quieren agudizar las contradicciones, produciendo la pérdida del año.
Es una historia antigua: cuando el ultrismo copa los movimientos sociales, sin tener la fuerza política ni militar para hacerlo, termina por desintegrarlos. En los 80, la actual Concertación hizo la vista gorda (como ahora la Confech y los rectores de universidades tradicionales) ante la acción de los grupos radicalizados, pensando sotto voce que de todos modos ellos contribuían a meter presión al régimen. De pronto descubrió que se le estaban subiendo a la cabeza y sólo cuando los rechazó, abrió el camino al cambio político.
La imposición del maximalismo ha llevado a la Confech a dos movimientos contradictorios: por un lado, a restituir la exigencia de megarreformas económicas (estructura tributaria, renacionalización del cobre, estatización de los recursos naturales); y por el otro, a sincerar que su objetivo eminente es obtener más recursos sólo para las universidades tradicionales. Ni una palabra sobre los institutos profesionales, los centros de formación técnica, las universidades privadas, la educación primaria y secundaria, y un silencio gélido sobre la preescolar, donde, según cifras de Educación 2020, hay 850 mil niños deprivados de los recursos de conocimiento que definirán sus vidas.
Parece una paradoja que varios de los dirigentes más radicales de la Confech provengan de universidades estatales que están en las partes bajas de los rankings de calidad nacionales y que no pasarían ningún estándar internacional. Pero quizás no lo sea. Quizás esas pobrezas sean justamente las que justifican la ira de sus estudiantes. ¿Se corresponde esa bronca con el resto del sistema terciario y, sobre todo, con las pobrezas de los sistemas primario y secundario que están en el origen de la otra?
Con una mezcla de convicción y astucia, las autoridades de esos planteles han aplaudido la demanda estudiantil, de que los aportes basales del Estado a las universidades tradicionales aumenten en forma sustancial. Pero han dejado de aplaudir cuando los mismos estudiantes han exigido que esos aportes sean para reducir el costo de los aranceles. ¿Cómo? ¿Y ahora se van a meter los estudiantes en la manera en que estas autoridades quieren distribuir los aportes del Estado? ¿No saben acaso que hay otras necesidades?
Dicho de otra forma: ¿saben los estudiantes para quién trabajan?
Esta es otra fisura inevitable del movimiento: el instante en que los intereses de supervivencia de las universidades (y especialmente de sus autoridades) colisiona con los deseos ultristas de que algunas se desplomen, por fatiga o por falta de dinero. La frase "Hasta la muerte", siempre oculta la pregunta subsecuente: ¿la muerte de quién? Mario Waissbluth, el experto más pesimista del momento, cree que es la muerte de la educación pública. Los que se alzaron para defenderla podrían ser sus sepultureros. El huevo de la serpiente, anidado en la primaria y cultivado en la secundaria, seguirá vivo.
Lo peor que le puede ocurrir al movimiento estudiantil no es la división, sino la implosión: un estallido de facciones, donde el que mejor conserve su identidad sea el ultrismo puro y duro. El gobierno -o mejor dicho, un gobierno asediado por el descontrol del orden público y la pérdida de popularidad- puede sentirse aliviado por una situación como esa. Así lo tendería a ver el núcleo ideológico instalado en los segundos niveles del Ministerio de Educación, que según todos los indicios constituye el ultrismo del lado contrario.
Pero este sería el último error de la cadena que con perfecta impericia, como si se hubiese propuesto exasperar a sus contradictores en vez de persuadirlos, ha labrado el gobierno. La necesidad de reformas estructurales en el modelo educativo chileno no emerge de un capricho de los "pingüinos", la Confech o los "encapuchados", sino de sus resultados socialmente nocivos -sobre las personas, las familias, la equidad, la movilidad-, que los estudiantes del 2011 (incluidos los "encapuchados" ) han traducido en zafarranchos. Leer el movimiento como una pataleta política es una tentación, pero una tentación de aficionados.
No hay que engañarse. Terminará el "segundo semestre" pergeñado por algunas universidades, pero el próximo año o el siguiente, volverán las sacudidas callejeras. Por virtud de sus ideólogos, que siempre se arropan como "técnicos", el gobierno quedará marcado, dentro y fuera del país, con la incomprensión también estructural de la inmensa discrepancia social instalada por el movimiento estudiantil. Aunque en el proceso de hacerlo ese movimiento se haya infatuado a sí mismo.




