Concertación: Había un piso más abajo
Dec. 03 , 2011
Publicado en La Tercera, 03 de diciembre de 2011
Capturada por la imagen de los estudiantes movilizados -los mismos que la rechazan tanto como al gobierno-, la Concertación se muestra como rehén de sus temores, no de sus ideas.
El peor momento en la historia de la Concertación ocurrió en la tarde del jueves 24 de noviembre, en el cuarto piso del Congreso. Peor que el dedazo de Camilo Escalona a la espalda de José Antonio Gómez en las primarias del 2009, peor que la derrota de enero de 2010. Menos estratégico que todo eso, pero más significativo respecto del futuro.
Esa tarde, los parlamentarios mandatados para negociar con el gobierno el presupuesto de Educación fueron desautorizados por otro grupo de parlamentarios, que estimó que el mandato no autorizaba a alcanzar un acuerdo con el oficialismo, como casi lo tenían ya los primeros. Ese acuerdo era el presupuesto que finalmente se aprobó en el Congreso: en el Senado, con la abstención de la Concertación, y en la Cámara de Diputados, con los votos de tres independientes que se sumaron a RN y la UDI.
El debate derivó en gritos que oyeron los funcionarios y parlamentarios que pasaron cerca de la sala de reunión. Ya se sabrá lo que se dijeron; estas cosas siempre terminan por saberse. Pero la idea más fea de la política -la traición- voló entre ambos grupos como un arma arrojadiza. Los negociadores reclamaban porque se les desconocía el mandato en el último minuto; los otros alegaban que el resultado de la negociación era insuficiente.
Pero lo que estaba en el trasfondo eran dos tesis políticas contrapuestas: unos sostenían que si el presupuesto mostraba cambios sustantivos respecto del original, era preciso hacerse parte de su propiedad, sin importar que aparecieran llegando a un acuerdo con el gobierno. Los otros decían, por el contrario, que un presupuesto insuficiente sería rechazado por los estudiantes, que el gobierno volvería a hacer trampas y que asociarse a un Ejecutivo con la popularidad tan dañada, sólo representaría pérdidas para la oposición.
Esta combinación de consideraciones tácticas y estratégicas dividió las aguas. Un asunto nada menor, porque en el Senado están los mejores políticos activos de la Concertación, lo más diestros, los más experimentados, los más astutos. Predominó al fin un cierto frenesí táctico y la Concertación se alineó en torno a la negación, lo que no es raro porque de otro modo, los partidarios del acuerdo habrían sido execrados en público (como le ocurre ahora al volátil diputado René Alinco, ex PPD, ex PRO, ex todo, que dio su voto al gobierno en la Cámara Baja).
Lo raro, lo realmente extraño, es que este grupo selecto de políticos no haya visto lo que hasta un aficionado podía anticipar: que en los próximos meses, la popularidad del gobierno subirá, como resultado mixto del cese de la presión callejera, el alto nivel de empleo y las propias reformas a la educación. Tampoco vio que el desacuerdo perjudica al principal articulador con los estudiantes, el PC, cuyos dirigentes juveniles están ahora bajo más acusaciones que reconocimientos. Lo que lograron, no lo lograron.
Ni vio, por último, que el movimiento estudiantil enfrenta un panorama mucho más incierto que el del 2011, porque termina el año, porque sus estandartes -las instituciones públicas- han sufrido fuertes daños, porque hay visibles conflictos internos, porque es alta la desaprobación al desorden público y, sobre todo, porque al ultrismo de la Confech no le interesa un acuerdo ni un desacuerdo en el Congreso, sino más bien que no haya Congreso. El ultrismo de estos días es lo que siempre ha sido: un método de presión, un estado de ánimo, un síntoma. No un programa ni menos un remedio. El ultrismo no responderá si la educación pública se deteriora en el próximo año académico; por el contrario, hallará en ello una confirmación de su propia radicalidad.
Bien: a pesar de toda esta evidencia, un sector de la Concertación prefirió desautorizar a sus negociadores y logró la abstención en el Senado. ¿Y por qué esto es importante? Porque muestra que la Concertación de hoy funciona mejor en el rechazo y que la propuesta unitaria que había conseguido para la educación, no era más que una golondrina sin verano. Capturada por la imagen de los estudiantes movilizados -los mismos que la rechazan tanto como al gobierno-, se muestra como rehén de sus temores, no de sus ideas.
En estas condiciones y a menos que emerjan liderazgos de otra magnitud, el bloque opositor sólo puede aspirar a candidatos por descarte. Y sin programa, porque para eso se requiere el tipo de acuerdos que fue desbaratado el jueves 24. ¿Hará eso Michelle Bachelet, la ex Presidenta que menos quiso intervenir en los partidos y que sufrió la mayor cantidad de deserciones en la historia de la Concertación?
Cuando las fuerzas políticas pierden su capacidad de mostrar logros es porque están perdiendo su vocación de poder. En el segundo semestre del 2011, con su desconcierto frente a la agitación social y su inhabilidad para conducirla, parecía que la Concertación había tocado fondo. Ahora se sabe que había otro piso más abajo.




