Ascanio Cavallo

 

Breve historia de la nueva derecha

Feb. 07 , 2010

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Eduardo Frei y Sebastián Piñera entraron a la política casi al mismo tiempo. Frei, en 1987, integrando el Comité por las Elecciones Libres que intentaba modificar el plebiscito de Pinochet. Piñera, un año después, apoyando al mismo Frei en las internas de la DC para definir al candidato presidencial. Cuando Patricio Aylwin ganó ese torneo, Piñera se declaró desilusionado, anunció que Chile retrocedería a la política de los 60 y cuatro meses más tarde, a instancias de Andrés Allamand, asumió la jefatura de campaña del candidato de derecha, Hernán Büchi.


Piñera fue, en ese momento, un precursor de los "cruzadores de fronteras", esa idea que está de moda en estos días, aunque con menos audacia  de lo que implicaba entonces. Lo motivaban dos de los rasgos que han jalonado su vida política: la ambición y la impaciencia.
Por virtud de la primera, creía posible construir un proyecto político moderno, capitalista, pero moderado; liberal, pero con prevenciones; privatista, pero sin pinochetismo. Una especie de refundación de la derecha, no desde su núcleo, sino desde lo que entonces eran los márgenes, es decir, una cierta inclinación hacia el centro. Por virtud del segundo rasgo, la impaciencia, creía posible hacer eso no desde el tronco histórico de su familia, la DC, un camino que le resultaría demasiado lento y largo, sino desde ese páramo devastado que era la derecha después de la derrota de Pinochet.


Obviamente, nunca imaginó que ese proyecto tomaría un mínimo de 20 años. Casi lo mismo que le costó a Salvador Allende.
En 1989, Büchi aguantó un mes y medio el ritmo de Piñera (una de cuyas primeras ideas fue llevarlo a visitar a Mario Vargas Llosa) y forzó su alejamiento con su propia renuncia provisoria a la candidatura. Una vez que el pinochetismo retomó el control de la repuesta postulación de Büchi, Piñera se dedicó a disputar con Frei una senaduría por Santiago oriente, aunque en realidad no compitió con él, sino con su compañero de lista, Hermógenes Pérez de Arce, a quien derrotó por paliza, mientras su amiga Evelyn Matthei le daba otra zurra en Las Condes a Joaquín Lavín.


Muchas semanas antes de jurar en el Senado, Piñera ya había comenzado a planificar el siguiente paso: la Presidencia de la República. En el interín, se puso a la cabeza de los dirigentes de Renovación Nacional (Allamand, Matthei, Alberto Espina) que impulsaron la "democracia de los acuerdos" para dar estabilidad a la transición. A pesar de sus opiniones iniciales sobre Aylwin, Piñera fue un senador clave para viabilizar los proyectos más importantes de esa administración, e incluso para un acto tan decisivo como la destitución del operador del pinochetismo en la Corte Suprema, el ministro Hernán Cereceda.


Pero la derecha de comienzos de los 90 no estaba disponible para renovarse, como lo demostró esa inverosímil conjura entre agentes militares, Evelyn Matthei y Ricardo Claro conocida como "Piñeragate", que demolió prematuramente su candidatura. El corolario fue una advertencia anónima: la retención, por unas horas, de su hijo Juan Cristóbal. La derecha hablaba con el lenguaje que le había enseñado el régimen militar. ¿Sería eso imaginable hoy?


El episodio devastó también al grupo que propiciaba la "democracia de los acuerdos" y lo sometió a una larga agonía que vino a culminar, cinco años más tarde, con la derrota de Allamand a manos de Carlos Bombal en 1997. Simbólicamente hablando, la "travesía del desierto" de Allamand fue, a la postre, la travesía de todo el proyecto de transformación de la derecha en centroderecha.


En esos años, Piñera dejó el Senado, incrementó su fortuna en forma exponencial, construyó una empresa de encuestas que sería clave en el futuro y profundizó su relación con la elite empresarial que en el 90 aún lo miraba con sospecha.


¿Qué estaba pasando en esos instantes con el viejo clivaje izquierda-derecha? Con una astucia que no ha vuelto a exhibir, Lavín estuvo a punto de quebrarlo en 1999: rompió con el pinochetismo (ya en declive, por cierto), apuntó a los sectores populares y probablemente recaudó votación centrista y católica que veía con recelo el ascenso del izquierdista y agnóstico Ricardo Lagos.


Los que se entusiasman subrayando la declinación de la DC en nombre de un "progresismo" antirreligioso y anticentrista suelen ignorar los datos. En las parlamentarias de 1997, la DC obtuvo 23 puntos, nueve más de los que consiguió en diciembre pasado. En estas mismas elecciones, el PPD, el PS y el PRSD no se han movido más de dos puntos, casi siempre entre sí. El único electorado que ha crecido -con un padrón electoral casi estancado- es el de la UDI, desde el 14% al 23% en idénticos años. Quien se pregunta por qué y por dónde ha crecido la derecha sólo necesita mirar las cifras.


Y entonces, ¿no debió ser alguien de la UDI quien tomase la candidatura del sector? En el 2005, Lavín intentó repetir su hazaña, repitiendo también sus recursos. Recuperado de sus heridas, Piñera, que se pasó estudiando día por día, semana por semana, las preferencias del público, detectó esa falencia, planteó un desafío de última hora, sacó a Lavín del camino y cayó, sin gran deshonra, frente a la inesperada invención concertacionista que fue Michelle Bachelet.


Hay, sin embargo, algo más sutil en la subordinación del partido mayoritario (la UDI) a un candidato que nunca le ha gustado demasiado. En la UDI retumba todavía, como una palpitación, el eco del pinochetismo. Aunque capture votación centrista, y aunque sus principales figuras se hayan ganado la legitimidad democrática en el Congreso y en las calles, su primera línea sigue mostrando los rostros de los que en los 70 y 80 fueron los "jóvenes turcos" de Pinochet, designados, nominados, contratados o apitutados. La UDI, como la DC, está condenada a la renovación o la decadencia; el lastre del pasado inhabilita su liderazgo presidencial.


En esa brecha se metió Piñera. Durante cuatro años se dedicó a impedir la emergencia de competidores (y la resurrección de Lavín) y llegó a las elecciones actuales como el candidato "natural" de la derecha. Sólo que ahora, a diferencia de los 90, la correlación de fuerzas internas de la derecha es más proclive a los sectores moderados y renovadores que a las tendencias inmovilistas que mandaron en esa ancha coalición que fue el pinochetismo. Aunque lo quiso anticipar en muchos años, Piñera se encuentra recién con algo que se parece a un pospinochetismo.


A la izquierda y la centroizquierda les cuesta aceptar que pueda haber una reconfiguración de la mayoría electoral, aunque sea en márgenes estrechos. ¿Por qué, se preguntan, una sociedad con tantas desigualdades, pobrezas e inequidades puede preferir a una candidatura que entusiasma a las elites, a los empresarios, a los grupos conservadores, a los sujetos tan ajenos a la cultura y tan próximos a la farándula?


La respuesta ha de ser necesariamente más compleja de lo que desearían. A la derecha le ha costado mucho, casi demasiado, acercarse a la pole position donde está hoy. Muchos de sus dirigentes casi no lo pueden creer, y hay tanta ansiedad en esos círculos como incredulidad en los de la centroizquierda ante la perspectiva de una derrota.


Pero así son las cosas. A fin de cuentas, toda elección presidencial es una competencia acerca de la interpretación del estado de la sociedad. Y para esto no hay chamanes ni gurúes ni profetas.


Decano de Periodismo, UAI



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