Lecturas de verano
Jan. 14 , 2009
Cuentan que alguna vez existieron, en un pasado remoto, niños y jóvenes que esperaban con ansia el verano para poder sumergirse sin contemplaciones en los libros que durante el año no habían podido leer, agobiados por la rutina escolar y sus exigencias. No son pocas las novelas, de hecho, en que algún personaje juvenil se esconde de sus mayores en algún ático olvidado o en un rincón poco frecuentado del jardín familiar para escapar del mundo devorando páginas con la vista.
Enid Blyton, Salgari, Verne o Twain, por citar algunos autores, se volvían facilitadores y cómplices de toda suerte de aventuras; en clave más local, títulos como Papelucho, El Séptimo de Línea o, ya un poco más osado, Palomita Blanca, hicieron las delicias de muchos lectores jóvenes de estas latitudes. Otros tiempos, decimos, porque esas lecturas no habían de competir con la televisión por cable, internet y los videojuegos, experiencias que tienen su gracia, sin duda, pero que jamás podrán compararse con las Torres de Mallory, la Malasia de Sandokan, los océanos del Capitán Nemo, o el Mississippi de Huckleberry Finn.
Hoy existen colegios que, llegado el verano, intentan fomentar esas y otras lecturas convirtiéndolas en tareas para la vuelta a clases. Mala idea, dicen los expertos, y estamos de acuerdo, pues rara vez leer por obligación procura el placer al que nos referimos. ¿Que hoy se lee a Harry Potter sin que el profesor lo mande? Enhorabuena, por cierto, pero no parece suficiente. Algo falta, señores, algo falta. (MOJ)




