"Una sorpresa en la Casa Blanca", por Richard Haass
Jan. 20 , 2009
Las elevadas expectativas que rodean la Presidencia de Barack Obama, en general, son algo bueno: nos recuerdan que gran parte del sentimiento antinorteamericano que hoy es evidente en todo el mundo no es, ni necesita ser, permanente.
Sin embargo, estas expectativas también son un problema para el nuevo Presidente, ya que será difícil -y, en algunos casos, imposible- que pueda satisfacerlas. No habrá ningún Estado palestino en los próximos meses; tampoco habrá un pacto sobre cambio climático global, ni un nuevo acuerdo comercial, ni un fin a la pobreza en el futuro cercano.
Los grandes logros requieren de tiempo y esfuerzo. Pero las razones van más allá de esta realidad. Obama enfrenta limitaciones extraordinarias, que demandarán que otros países tengan un rol más activo si es que la estabilidad y la prosperidad han de ser la norma y no la excepción.
La limitación más obvia surge del estado de la economía norteamericana. Se esfumaron dos millones de empleos sólo en los últimos cuatro meses. El mercado inmobiliario sigue deteriorándose. El PIB de EEUU se está contrayendo a un ritmo casi sin precedentes.
En consecuencia, Obama no tendrá otra alternativa que dedicar la mayor parte de su tiempo y atención a revivir la economía. Más que cualquier otra cosa, su éxito en este terreno determinará la percepción que se tenga de su administración.
Una segunda limitación surge de todas las crisis que recibirán al nuevo Presidente. Israelíes y palestinos están librando una guerra de bajo nivel. La situación en Irak está mejorando, pero no está garantizada. Obama puede tener que elegir entre atacar las instalaciones nucleares de Irán o convivir con una nación que tiene la capacidad de construir un arma nuclear en cuestión de semanas. El gobierno de Afganistán está perdiendo terreno en su lucha contra unos talibanes resucitados. Pakistán, que posee decenas de armas nucleares y es refugio de terroristas, podría convertirse en un Estado fallido, al igual que la nuclearmente armada Corea del Norte. Muchos de estos desafíos no son tanto problemas que resolver como situaciones que manejar.
Una tercera limitación surge de las tendencias en el sistema internacional. La era de la unipolaridad norteamericana terminó. El nuevo Presidente heredará un mundo en el que el poder en todas sus formas -militar, económico, diplomático y cultural- está más repartido que en cualquier otro momento. Así, tendrá que lidiar con un número importante de amenazas, vulnerabilidades y actores independientes que, quizás, se resistan a inclinarse ante la voluntad de EEUU.
Todo esto hará que a la nación del norte le resulte más difícil lograr que se hagan cosas en el mundo -y que a Obama le cueste poder satisfacer las expectativas depositadas en él- sin la ayuda activa de los demás. Y dado que él querrá cumplir con algunas de esas expectativas, es mejor que otros países estén preparados para recibir pedidos -y presión- de parte de EEUU para que actúen junto con Washington y no en su contra, o para que no se sienten de brazos cruzados.
El resto del mundo muchas veces se mostró disconforme con George W. Bush, tanto por el contenido como por el estilo de su política exterior. Ahora otros descubrirán que la alternativa a que EEUU actúe por su cuenta o se retire de la escena global es un multilateralismo real, que exige su voluntad y su capacidad a la hora de comprometer recursos para hacer frente a los desafíos apremiantes. Obama probablemente sea más diplomático que su antecesor, pero quizá también sea más exigente.
Richard N. Haass
Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores




