Ideas & Debates

de La Tercera

 

Muerte encefálica y donación

Mar. 19 , 2009

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Publicado en Ideas & Debates

La larga vigilia en espera de un donante para realizar el trasplante de corazón que el niño Felipe Cruzat requiere, nos ha confrontado como país a las complejas connotaciones culturales de la medicina actual. ¿Carece Chile de una cultura de trasplante? ¿Por qué disminuyen los donantes si existe tanto consenso respecto de los beneficios y tantos esfuerzos por promover la donación?

Tal vez no estamos mirando adecuadamente una faceta de nuestra cultura que es anterior a la de la donación de órganos: la cultura en torno a la declaración de muerte encefálica. Es frecuente que la prensa informe de una víctima de algún suceso trágico que "se encuentra en muerte encefálica", para informar días después que la persona "falleció". Pues bien, ¿cuándo falleció? ¿El día que fue declarada su muerte encefálica o el día que se detuvo su corazón? ¿Es posible fallecer dos veces en Chile?

Desde el punto de vista legal, el fallo del Tribunal Constitucional del 13 de agosto de 1995 zanjó esta duda al establecer que la muerte encefálica "constituye la muerte real, definitiva, unívoca e inequívoca del ser humano". Independientemente de que la persona sea, pueda o quiera ser donante de órganos, la declaración de muerte encefálica desencadena todas las consecuencias legales del fallecimiento.

Sin embargo, esto no lo hemos internalizado culturalmente. Los familiares no comienzan a recibir los pésames ni se cita al responso fúnebre. Tampoco procedemos a desconectar el ventilador mecánico y se suele esperar que el corazón se detenga, como si de ello aún dependiera algo. En este contexto cultural se inserta el momento en que los familiares tienen que decidir si van a acceder a la donación de órganos o no.

Si acceden, el paciente es trasladado al pabellón quirúrgico, se procede a la extracción de los órganos y luego el cuerpo es trasladado a la capilla dando inicio a los ritos funerarios. Si no acceden, nada parecido ocurre. Los médicos retiran todos los fármacos y soportes extraordinarios, pero el cuerpo sigue siendo ventilado hasta que el corazón se detenga. Recién entonces se inician los ritos funerarios.

¿No es comprensible que una madre, un padre o los hijos, exhaustos de recibir una mala noticia tras otra, quieran postergar ese minuto fatídico o aferrarse a la ilusión de un milagro aunque, en este punto, ello implique una resurrección? En España, que ostenta altísimas tasas de donación, a pesar de que está consagrado el concepto de donante universal también, se respeta la decisión de los deudos. Pero cuando se opta por no donar, el médico tratante procede a la desconexión del ventilador mecánico. Es este último gesto médico, realizado sin premura, con una familia preparada y asistida espiritualmente, lo que da inicio al rito funerario.

Culturalmente, implica que la muerte encefálica no tiene dos lecturas según si la persona es donante o no. Las consecuencias últimas son idénticas y la decisión de acceder o rechazar  la donación no implica decidir entre la acción y la inacción, sino la forma de actuar. Es en este punto que la familia puede reflexionar, sin lastres adicionales, si desea realizar ese regalo de vida que es la donación de los órganos.
Tal vez si logramos profundizar la coherencia de nuestras prácticas culturales en relación con la muerte encefálica logremos avanzar en esa cultura del trasplante que chilenos como Felipe hoy nos demandan.

 

Arnold Hoppe, profesor de neurología,

Facultad de Medicina Clínica Alemana Universidad del Desarrollo



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