Aborto terapéutico: por qué sí y por qué no. "Por el derecho a elegir", por Giorgio Solimano
Mar. 18 , 2009
Perder un hijo es, con toda seguridad, la experiencia más dolorosa que puede vivir una familia y, especialmente, una madre. Esa muerte puede ocurrir por enfermedad o accidente, o bien cuando la mujer embarazada recibe la noticia de que su bebé tiene malformaciones incompatibles con la vida fuera del útero.
En el primer caso, no hay forma de aminorar el sufrimiento. En el segundo ocurre algo aun peor: la legislación chilena no le da a esa madre la posibilidad de decidir si continúa o no con su embarazo. Entonces, está obligada a pasar por un doble duelo, pues sabe que su hijo no vivirá, pese a lo cual no puede evitar amarlo mientras está en su vientre, abrigando quizás la esperanza de un milagro, para después enfrentarse al drama de su fallecimiento.
Durante 58 años, el aborto terapéutico fue legal en nuestro país, en aquellas situaciones en que el embarazo ponía en riesgo la vida materna. Sin embargo, en 1989 pasamos a formar parte del 3% de naciones en las que esta medida no es aceptada, ni aun en esa circunstancia. Chile no tiene un cuerpo legal que regule directamente los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y hombres. Pero ello no debiera ser un óbice para respetar acuerdos internacionales -como los de El Cairo (1994) y Beijing (1995)- en los que dichas garantías son definidas como derechos humanos ineludibles.
El marco legal actual conculca un derecho fundamental de las personas: el de elegir. Pero no sólo eso. Además, genera costos sobre los que es necesario dar una mirada integral. Es decir, no estamos hablando sólo de la salud física, también de la salud mental y social, tanto del niño cuya madre muere en el parto o antes de éste, como de la mujer que debe soportar el calvario de llevar dentro de sí a un hijo cuya muerte está anunciada.
Por otra parte, incluso el sufrimiento se distribuye en forma inequitativa en nuestra sociedad. Mientras las familias de más recursos tienen la opción de pagar por un aborto -o en el mejor de los casos por una buena ayuda psicológica-, las más pobres tienen que resignarse a vivir todo el proceso, haciendo de cada ecografía un tormento y, muchas veces, sin nadie en quien apoyarse. Es más, la calidad de la atención que esas madres reciben en el sistema público suele traslucir contradicciones en el propio equipo de salud en cuanto a formación, creencias e ideología de sus profesionales, aumentando la angustia y la desorientación de las pacientes.
Un estudio realizado por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, en conjunto con otras instituciones ligadas al tema y financiado por la Fundación Ford, reveló que la mayoría de los profesionales de la salud están a favor de que exista la posibilidad de elegir, pues ese solo hecho ayudaría a aliviar el dolor de la pérdida. También recogió testimonios de madres que cursan embarazos con malformaciones fetales incompatibles con la vida extrauterina y todas ellas abogaron por el derecho de las mujeres a decidir en situaciones como ésta.
La libertad de elección debe ir más allá de discusiones ideológicas o creencias religiosas. Ha de ser parte de un cambio que ya está ocurriendo en la sociedad chilena y que se refleja en debates como el de la anticoncepción de emergencia, la tuición de los hijos y el aborto terapéutico. Si con ello contribuimos a una visión integral de lo que constituye un buen estado de salud, si eso ayuda a disminuir las inequidades y a mejorar la calidad de vida de la población, si Chile dice enorgullecerse de sus indicadores de salud, especialmente en niños y mujeres, entonces, ¿por qué seguir esperando?
Giorgio Solimano
Director de la Escuela de Salud Pública, Facultad de Medicina de la U. de Chile



