Viaje presidencial a Cuba y lecciones para Chile
Feb. 21 , 2009
A una semana del regreso de la Presidenta de su viaje de tres días a Cuba, aún reverbera el incidente que transformó esa gira en un traspié diplomático. Ello ha puesto aún más de relieve el hecho de que la visita de Estado no cumplía funciones, más allá de las protocolares, que se insertaran claramente en la agenda de intereses de Chile.
Es útil para el curso futuro de las relaciones internacionales del país preguntarse si la causa de este episodio es meramente coyuntural -de oportunidad, contenido o enfoque de la visita- o si responde a razones más profundas. Una evaluación desapasionada de la forma como ambos países han organizado su vida política, social y económica, así como del desempeño de sus principales autoridades, debe llevar necesariamente a la conclusión que Chile representa la antítesis de lo que ha significado en la práctica la revolución cubana, por lo que resulta inútil pretender una conciliación de ambos regímenes y visiones de la democracia.
Constatar esta realidad no significa llevar nuestra diplomacia hacia actitudes intolerantes o que debiliten los esfuerzos por mantener relaciones civilizadas con ese país, sino cimentarla en el reconocimiento de las profundas diferencias que muestran sus opciones de gobierno y convivencia.
En el ámbito de lo político, Chile se ha organizado como una democracia estable, donde las autoridades están sometidas a la ley, especialmente en el respeto a los derechos de las personas, y en que existen elecciones que permiten a los ciudadanos escoger a sus representantes. También, donde en el ámbito internacional se ha respetado la no intervención en los asuntos internos de otros países. Por eso, las autoridades chilenas que tienen a su cargo las relaciones internacionales no pueden eludir la contradicción con un país como Cuba, donde ninguna de esas condiciones democráticas existe hoy.
Más aún, en lo económico nuestro país optó por un modelo abierto y competitivo, que le ha reportado avances sustanciales en la disminución de la pobreza y la mejora de las condiciones de vida de la población. Las diferencias con los resultados del modelo estatista y cerrado de la economía cubana son evidentes y dejan poco espacio a las relaciones comerciales más profundas.
Cualquier análisis desapasionado de la realidad cubana debe concluir, entonces, que el experimento castrista, cualesquiera hayan sido sus principios y objetivos originales, es hoy una dictadura que condena al atraso al país, con una economía en ruinas, y que desconoce los derechos humanos y las libertades de sus ciudadanos.
Con todo, la fuerza del mito revolucionario permanece intacta para un sector de la izquierda mundial, en el cual se inscriben también figuras chilenas que, paradójicamente, pueden exhibir muchos más éxitos en la práctica que Cuba a la hora de evaluar las respectivas gestiones de gobierno y la libertad de sus ciudadanos. Exitos, por cierto, que debieran suscitar orgullo por la forma en que Chile ha enfrentado los desafíos de su historia reciente, pero que a menudo parecen asumirse en algunos sectores con reticencia e incomodidad.
Desde esta perspectiva, exaltar la "cercanía" entre Chile y Cuba no tiene sentido. El régimen castrista, tal como es hoy en día, nunca podrá ser un sincero amigo de Chile, pues el modelo de sociedad que ha dado a los chilenos los niveles de desarrollo y libertad que hoy disfrutan se asienta sobre premisas totalmente ajenas al universo conceptual de la revolución. Entre éstas se cuentan los derechos políticos, la libertad económica, la libertad de culto, el rol subsidiario del Estado, la democracia representativa y el respeto por el individuo.
Precisamente es el intento de omitir esta contradicción, probablemente influida por una añoranza histórica, el que puede llevar a episodios como los ocurridos en esta oportunidad, que ponen de manifiesto el rechazo a lo que representan y simbolizan nuestras autoridades.



