Requisitos para ejercer un liderazgo con convicciones
Feb. 08 , 2009
Suele decirse que las crisis sirven para probar la solidez de las convicciones. Sometidas al examen de unas circunstancias difíciles, muchas personas terminan optando por salidas que, de alguna manera, desmienten a través de los hechos las palabras que ellas mismas habían lanzado en condiciones menos apremiantes. Esto se vincula asimismo con la manera en que se enfrentan las responsabilidades y se asumen las propias actuaciones y las consecuencias que se derivan de éstas.
Cuando se trata de quienes ocupan cargos de alta visibilidad pública, la necesidad de que exista coherencia entre lo que se ha declarado y la manera en que se lleva a la práctica parece más evidente. Aunque se trata, naturalmente, de individuos con debilidades y virtudes humanas, el hecho de que a menudo representen a instituciones, sean depositarios de la confianza del electorado o vistos como modelos por la sociedad les impone una carga extra que deben saber sobrellevar. Como lo entiende bien cualquier educador, el ejemplo personal es una de las fuentes del liderazgo duradero y auténtico.
En las últimas semanas, una serie de declaraciones y conductas aparentemente sin relación mutua da cuenta de que hay personalidades relevantes que intentan justificar ciertas actitudes sin querer asumir la responsabilidad que les cabe como individuos que ocupan cargos altos y de prominente figuración.
Un líder sindical que accedió recientemente a una elevada posición directiva en el Partido Socialista ha señalado que la disposición constitucional que le prohíbe ejercer esa doble función no se aplica en su caso, y ha encontrado apoyo en un ministro de Estado que ha enarbolado la tesis de que dicha disposición es "letra muerta". Ninguna de esas posturas es defendible: el ministro debiera estar al tanto de que su labor es defender la Constitución, no socavarla; el líder sindical, por su parte, debiera entender que su actitud desnaturaliza un principio básico como la igualdad ante la ley, y que su calidad de líder social hace aún más grave el incumplimiento que proclama con orgullo.
Tampoco parecen acordes con la igualdad ante la ley las demandas de sectores productivos que piden a la autoridad -algunos con éxito- tratamientos especiales para encarar coyunturas complicadas. Además de promover una asignación ineficiente de recursos basados en su capacidad de ejercer presión, estos reclamos parecen incongruentes en líderes empresariales que a menudo defendieron las virtudes de la mano invisible mientras las condiciones les fueron favorables.
La discusión en torno al rol de la banca en la crisis económica proporciona un ejemplo de cómo algunos actores han buscado orientar el discurso público para que otros terminen asumiendo responsabilidades que no les son propias. Después de que un consejero del Banco Central llamara a los bancos a capitalizar sus utilidades y restringir la distribución de dividendos, el ministro de Hacienda señaló que éstos debían prestar más. De manera deliberada o no, las palabras de ambos pusieron a las instituciones financieras como responsables del estancamiento del crédito, situación real que difícilmente puede achacarse a un sector que ha actuado responsablemente. Corresponde a las autoridades monetarias establecer las condiciones que permitan hacer más barato el crédito, mientras que a las fiscales compete promover medidas que, por ejemplo, operen como paliativos cuando sube el desempleo. Los bancos son una correa de transmisión, no el motor de la economía, por lo cual no parece adecuado responsabilizarlos de una situación que está fuera de su ámbito de acción.
Un liderazgo consistente a menudo va de la mano con convicciones que, puestas a prueba, pasan el examen de las contrariedades. Ello no significa caer en un dogmatismo cerrado, sino más bien tener claros cuáles son los riesgos que se asumen al tomar ciertas decisiones y ejercer determinados cargos, y ayudaría a evitar que algunos personeros entraran en contradicciones cuando la situación se pone difícil o afecta sus intereses.
Cuando se trata de quienes ocupan cargos de alta visibilidad pública, la necesidad de que exista coherencia entre lo que se ha declarado y la manera en que se lleva a la práctica parece más evidente. Aunque se trata, naturalmente, de individuos con debilidades y virtudes humanas, el hecho de que a menudo representen a instituciones, sean depositarios de la confianza del electorado o vistos como modelos por la sociedad les impone una carga extra que deben saber sobrellevar. Como lo entiende bien cualquier educador, el ejemplo personal es una de las fuentes del liderazgo duradero y auténtico.
En las últimas semanas, una serie de declaraciones y conductas aparentemente sin relación mutua da cuenta de que hay personalidades relevantes que intentan justificar ciertas actitudes sin querer asumir la responsabilidad que les cabe como individuos que ocupan cargos altos y de prominente figuración.
Un líder sindical que accedió recientemente a una elevada posición directiva en el Partido Socialista ha señalado que la disposición constitucional que le prohíbe ejercer esa doble función no se aplica en su caso, y ha encontrado apoyo en un ministro de Estado que ha enarbolado la tesis de que dicha disposición es "letra muerta". Ninguna de esas posturas es defendible: el ministro debiera estar al tanto de que su labor es defender la Constitución, no socavarla; el líder sindical, por su parte, debiera entender que su actitud desnaturaliza un principio básico como la igualdad ante la ley, y que su calidad de líder social hace aún más grave el incumplimiento que proclama con orgullo.
Tampoco parecen acordes con la igualdad ante la ley las demandas de sectores productivos que piden a la autoridad -algunos con éxito- tratamientos especiales para encarar coyunturas complicadas. Además de promover una asignación ineficiente de recursos basados en su capacidad de ejercer presión, estos reclamos parecen incongruentes en líderes empresariales que a menudo defendieron las virtudes de la mano invisible mientras las condiciones les fueron favorables.
La discusión en torno al rol de la banca en la crisis económica proporciona un ejemplo de cómo algunos actores han buscado orientar el discurso público para que otros terminen asumiendo responsabilidades que no les son propias. Después de que un consejero del Banco Central llamara a los bancos a capitalizar sus utilidades y restringir la distribución de dividendos, el ministro de Hacienda señaló que éstos debían prestar más. De manera deliberada o no, las palabras de ambos pusieron a las instituciones financieras como responsables del estancamiento del crédito, situación real que difícilmente puede achacarse a un sector que ha actuado responsablemente. Corresponde a las autoridades monetarias establecer las condiciones que permitan hacer más barato el crédito, mientras que a las fiscales compete promover medidas que, por ejemplo, operen como paliativos cuando sube el desempleo. Los bancos son una correa de transmisión, no el motor de la economía, por lo cual no parece adecuado responsabilizarlos de una situación que está fuera de su ámbito de acción.
Un liderazgo consistente a menudo va de la mano con convicciones que, puestas a prueba, pasan el examen de las contrariedades. Ello no significa caer en un dogmatismo cerrado, sino más bien tener claros cuáles son los riesgos que se asumen al tomar ciertas decisiones y ejercer determinados cargos, y ayudaría a evitar que algunos personeros entraran en contradicciones cuando la situación se pone difícil o afecta sus intereses.
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En este gobierno, cúpulas partidistas, empresarios, sectores económicos, dirigentes sindicales y trabajadores han recibido tratamientos especiales, incentivando las peticiones sectoriales e institucionalizando el ya consagrado "el que no llora, no mama", en perjuicio de una ciudadanía compuesta por la suma de muchas individualidades no organizadas.
Posted by Andres Jiron on February 08, 2009 at 10:47 AM CLST #