La diferencia entre denunciar y fiscalizar
Jan. 13 , 2009
El tema de los falsos detenidos desaparecidos ha remecido a la opinión pública. La posibilidad de que hayan existido fraudes o errores en un área tan sensible como las reparaciones por las violaciones a los derechos humanos durante el régimen militar despierta fantasmas y alimenta prejuicios que la sociedad chilena se ha esforzado por casi dos décadas en superar.
Por eso se espera que quienes desde posiciones de autoridad o cargos de representación popular tienen la tarea de abordar ese tema, demuestren una rigurosidad a la altura de la situación.
En este sentido, que una diputada de RN fundara recientemente una denuncia equivocada sobre un supuesto falso detenido desaparecido en información de una fuente cuestionable, justifica las críticas en contra de la parlamentaria, no sólo desde el oficialismo, sino en su propio sector político. Lo que está en la palestra no es la intencionalidad de la diputada, cuya preocupación por el tema de los DD.HH. es conocida, sino que esa inquietud -al menos en esta ocasión- la llevara a apresurar un juicio y tomar una decisión errada que causa perjuicio a aquello que pretende defender: la búsqueda de la verdad sobre lo ocurrido y la asignación correcta de las responsabilidades.
Si de lo anterior se puede extraer una lección, ésta debiese ser una mayor conciencia de los parlamentarios respecto de en qué consiste su labor fiscalizadora y la seriedad con que la ciudadanía espera que la ejerzan. No sólo en relación con la temática de los DD.HH., por cierto, sino en cualquier asunto que caiga dentro de sus atribuciones supervisar. Y eso, según reza la Constitución, es fiscalizar los actos de gobierno (por ejemplo, si las reparaciones a a familiares de detenidos desaparecidos están bien asignadas), pero no investigar o denunciar materias que, aunque sean de interés público, son responsabilidad de otras instancias.
Lo que abona el terreno para equívocos es, precisamente, la frecuente confusión entre fiscalizar lo que la Constitución manda y denunciar supuestas fallas, malas prácticas o abusos en distintos ámbitos.
Para que sea efectiva la función de control que cumplen los legisladores, estos no sólo deben dar garantías en cuanto a la rigurosidad y sentido ético con que realizan su labor, sino también de no distraerse en tareas que no les corresponden como, por ejemplo, la defensa de los consumidores o la investigación de atropellos.
A menudo, por desgracia, la ciudadanía tiene motivos para creer que los parlamentarios confunden su rol cuando hacen denuncias o señalan errores en ámbitos que nada tienen que ver con la acción gubernamental. Ello alimenta una suspicacia preocupantemente extendida sobre el afán de figuración pública y de exposición mediática de algunos actores políticos. Si lo que buscan es notoriedad, entonces el "camino a la fama" parece más rápido y seguro por la vía de la denuncia de alto impacto que por el más difícil trabajo de construir una argumentación sólida y buscar evidencia con qué sustentarla. Una fiscalización responsable, en cambio, exige entender que la mayor notoriedad es una posible consecuencia -incluso legítimamente deseable-, pero rara vez es el impulso generador.
No son pocas las veces en que ocurre todo lo contrario: lo que mueve a ciertos actores políticos parece el deseo de "figurar" antes que el de fiscalizar debidamente. Con ello, además de trivializar su papel en la vida pública, contribuyen a alimentar fenómenos que son nocivos para el cuerpo social y, en última instancia, para ellos mismos, como el desinterés por los asuntos públicos, el desprestigio de la política y la escasa participación ciudadana en temas que la afectan directa o indirectamente. Esa suerte de "fascinación mediática" empobrece a la política y la distrae de su función principal de servir los intereses del país.
En un año electoral, en que la política y los políticos están en el centro de las miradas, hay mayores incentivos para preferir la denuncia liviana a la fiscalización responsable. En ese contexto, poder distinguir una de otra se torna especialmente importante.




