Editorial

de La Tercera

 

Guerra en Afganistán y el desafío para Estados Unidos

Feb. 18 , 2009

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Afganistán tiene un largo historial como campo de batalla de grandes potencias y no son pocas las veces que sus duros habitantes y su igualmente dura geografía han infligido derrotas a los ejércitos de naciones más poderosas. Hoy son EEUU y sus aliados los que viven allí un complejo escenario militar y el Presidente Obama ha dicho que hará de la guerra en Afganistán una prioridad de su política internacional (de hecho, ya nombró a un enviado especial a ese país, que lo visitó la semana pasada).

A diferencia del conflicto en Irak, en donde la situación militar y de seguridad muestra significativos progresos, la realidad afgana vive un retroceso que hizo del año pasado el más sangriento para la coalición liderada por la OTAN desde la invasión en 2001.

Las milicias islámicas talibán se han vuelto a hacer del control de extensos territorios y son cada día con más fuertes en hombres y recursos, ayudadas por el creciente tráfico de opio en las áreas bajo su dominio (la semana pasada atacaron en tres lugares de la fortificada capital de Kabul, dejando 20 muertos y 57 heridos); el gobierno central es débil, corrupto e ineficiente; el vecino Pakistán tolera el uso de sus zonas fronterizas como vía de paso o santuario de las guerrillas talibanas, y de grupos ligados a Al-Qaeda, que operan en Afganistán; buena parte del territorio es gobernada por tribus o señores de la guerra con agenda propia; incluso, dentro de la coalición algunos preferirían retirarse y dejar en manos de un fortalecido ejército afgano la seguridad del país.

En este contexto, Washington estaría preparando el envío de 30 mil soldados adicionales, para casi duplicar su contingente en la zona, una decisión muy influida por la experiencia en Irak, en donde el sustancial aumento de tropas efectuado en 2007 es visto como la clave de la posterior estabilización del conflicto. En Afganistán, sin embargo, la situación política, el panorama étnico y hasta la geografía configuran una realidad muy particular.

No es obvio qué se gana con enviar 30 mil tropas más a un conflicto de estas características, pues obtener el control efectivo del territorio requiere una presencia militar muy superior. Sobre Irak, más pequeño en tamaño y población que Afganistán, y con un terreno menos hostil, muchos expertos estimaban que la ocupación real requeriría más de 300 mil efectivos estadounidenses -además de las iraquíes-; por lo que parece poco probable que elevar a 60 mil los soldados en suelo afgano alcance ese objetivo. Si a eso suma que los talibanes y otros grupos pueden replegarse a Pakistán sin demasiada interferencia de sus autoridades y regresar en cualquier momento, se percibe parte de la complejidad puramente militar de este conflicto.

Lo anterior contrasta con el rápido éxito de la coalición que, después del 11-S y bajo auspicios de la ONU, derrocó del gobierno y expulsó del país al ejército talibán, la secta radical islámica que durante cinco años impuso una teocracia medievalista que transformó a Afganistán en paria internacional. El mal manejo político y militar de esa victoria inicial, en gran medida porque la prioridad del Pentágono ha sido la guerra en Irak, ha puesto a la defensiva a la coalición.

La comunidad internacional tiene interés en que Afganistán no se transforme en un Estado, que condene al atraso y la violencia a sus habitantes, y que exporte sus problemas al resto del mundo, como ha ocurrido en el pasado. Y por cierto, está en el interés de EEUU, que comenzó esta guerra en reacción a los ataques del 11-S, cuyo principal responsable sigue en libertad, probablemente en esa región.
Así, aunque es comprensible que el mandatario de EEUU ponga a Afganistán en el centro de su política exterior, es clave que lo haga con un enfoque que no repita errores anteriores ni profundice los actuales, por ejemplo, el poco control de la ayuda internacional que se ha entregado al gobierno en Kabul o la escasa atención al rol de Pakistán en el conflicto. Se trata de un desafío en que la superpotencia es un actor imprescindible.



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