50 aniversario del Festival de Viña del Mar
Feb. 23 , 2009
Esta noche se inicia la quincuagésima versión del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, un evento que para los chilenos tiene múltiples facetas y evoca recuerdos que van mucho más allá de la dimensión musical del espectáculo en la Quinta Vergara. Como ya se ha vuelto tradición, cada uno de los seis días que dura el Festival será motivo de conversación y comentario para una audiencia muy diversa de millones de personas. De hecho esto es lo que confirma su carácter de hito cultural, será incluso tema de interés para muchos que no sintonicen la transmisión ni estén entre los cerca de 15 mil espectadores que lo ven in situ.
El sofisticado espectáculo y complejo despliegue técnico en que se ha convertido el Festival -un negocio que se licita periódicamente y que ahora comparten TVN y Canal 13 hasta la próxima edición- está a años luz del modesto evento organizado en 1959 por la Municipalidad de Viña para amenizar una feria de los alumnos de la escuela de Bellas Artes, en los jardines de la Quinta Vergara.
Entonces, muy pocos chilenos supieron del certamen, tal vez ninguno más allá de los directamente presentes. Recién en 1964 se construyó un pequeño anfiteatro al aire libre, cuyo escenario de madera estaba coronado por una "concha acústica" -toda una novedad en la época-, que ayudaba a proyectar el sonido hacia el público y a proteger a los artistas del frío. Pronto ésta también se transformó en la imagen icónica de un certamen en que el público aún se sentaba en sillas de madera sobre un piso de tierra, mientras otros se ubicaban en los cerros colindantes al anfiteatro, o incluso, en las copas de los árboles. La televisión llegó a Chile en 1962, pero tuvieron que pasar otros 10 años para el Festival fuera visto más allá del recinto de la Quinta, cuando TVN obtuvo los derechos de transmisión.
La de este año, en contraste, será la primera edición que se emitirá en directo y completo por un canal extranjero a 19 países latinoamericanos y llegará a un total de 29 millones de hogares. Su organización costará ocho millones de dólares. No obstante, la gama de opiniones que pueda existir sobre el contenido y calidad del evento -aspecto connatural en todo espectáculo, mucho más uno tan masivo- esos solos datos entregan señales sobre lo mucho que ha cambiado el país, junto con el Festival, durante el último medio siglo. Un período, por lo demás, en que el hito veraniego de Viña ha logrado incorporarse al paisaje cultural del país.
Es esto último lo que le da el carácter de experiencia compartida. A veces fue una tribuna donde se insinuaron o desplegaron abiertamente agendas políticas; otras la ausencia de esos episodios habló por sí misma; en cierta forma y en ocasiones concretas, ha sido reflejo de realidades o aspiraciones nacionales, de la instalación de modas y estilos, del uso de nuevos símbolos y formas de lenguaje, de los procesos de cambio en la idiosincrasia nacional a lo largo de cinco décadas. Por mucho tiempo, además, fue el principal escenario -a veces el único- en que los chilenos podíamos ver a algunos artistas de talla mundial (una cualidad que ahora se ve amenazada con la creciente incorporación de Chile a los principales circuitos de la industria mundial del espectáculo).
No son pocos en Chile los que asocian episodios de sus vidas a alguna edición del Festival de Viña: es ese, sin duda, el mayor activo del evento y la razón por la cual merece la atención que recibe. La farándula y otras facetas del Festival, o que hoy se asocian con él, pueden entretener, distraer o molestar, pero la esencia es un espectáculo de varias noches que ha generado mitos y símbolos propios, como el célebre "monstruo". Lo mismo ocurre con las polémicas mediáticas o mediatizadas, de las cuales el Festival parece generar una nueva en cada versión.
En cualquier caso, ahora que será visto en todo el continente, el Festival enfrenta tal vez el mayor desafío en su historia: demostrar que puede ser, como siempre ha sostenido, un espectáculo de calidad internacional.




